PARECE SER que por fin va a haber comisión de investigación sobre los luctuosos sucesos del 11-M. Luctuosos para las víctimas directas, en especial las mortales, pero también para casi todos de uno u otro modo. Es evidencia de razón para la ciudadanía de buena voluntad, sea cual sea su adscripción política o ideológica particular, que es preciso conocer toda la verdad sobre los hechos, pues es ese el homenaje mayor que se le puede hacer a las víctimas, el pueblo mismo, que ha sufrido esta barbarie. Pero hay otras razones. Como tratar de evitar que pueda repetirse, sean galgos o podencos sus autores. Para ello es necesario recuperar también la completa credibilidad en las instituciones, algunas de las cuales se encuentran ahora bajo sospecha. El crimen del 11-M, que lo es contra el pueblo, contra España y sus instituciones constitucionales, no debería añadirse a la larga relación de asuntos confusos, sin aclarar del todo, como el 23-F, el GAL o magnicidios como los de de Prim o de Kennedy, que tan decisivos fueron para cambiar las cosas en sus respectivos países. Así, según el CIS, el 11-M influyó mucho o bastante en un 21,5% del electorado, de los que un 13,5% cambió su voto, un 21,9%, se animó a votar, y, luego, un 14,8% del total se arrepintió de su actuación. Aunque los antecedentes de investigaciones de esta clase no invitan al optimismo sobre los resultados, perdonarán mi ingenuidad incorregible si aspiro a que, como en el cuento del Conde Lucanor, el árbol de la mentira, con tantos personajes anidando en sus nunca podadas ramas, se derrumbe cuando la aprisionada verdad pueda salir a la luz. Sus resultados serán un buen test acerca de dónde está verdaderamente el poder en nuestra patria. Y para valorar hasta dónde ZP es un verdadero emulador de don Quijote o un patético prisionero de las fabulaciones e intereses de bachilleres, dueñas barbudas, amas y sobrinas. Por ahora, lo que asoma son raíces mal enterradas del GAL.