LA TORTURA no es un invento de Bush o de Runsfeld, ni siquiera del jefe estadounidense en Irak, general Ricardo Sánchez, sino una lacra secular de todos las guerras y conflictos. Pero siempre ha estado acompañada de reproche moral, incluso en sociedades de muy primitivo desarrollo. Hay en ella un fondo abyecto de burla para el desgraciado, el vencido o el prisionero. Y con frecuencia se ha ligado a la crueldad más refinada y a la suposición de que quien la ejerce será algún día víctima de su propia abyección. En la Roma clásica se decía que «el propio guerrero llevará algún día los grilletes que él mismo hizo», porque la tortura se paga con tortura y porque el castigo de los grandes pecados es algo que se reserva con gusto el destino o la providencia. Por eso estremece todavía más comprobar que la tortura se está ejerciendo hoy en día por aquéllos que han armado una guerra en nombre de la pacificación y democratización del Oriente Próximo.