HAGO UN JUEGO de palabras con el título del maravilloso spaghetti western de Leone para describir la forma en que solemos enfrentarnos en España al difícil asunto de la reforma de la tele. Y es que, según una opinión tan extendida como simple, el problema a resolver sería el de cómo satisfacer a un público deseoso de una programación de calidad (el bueno), que no soporta la manipulación y zafiedad de la actual televisión (la fea), realizada por unos programadores incultos dispuestos sólo a ofrecernos patochadas (los malos). Esa descripción es celestial, pero, como todo lo celestial, poco o nada realista. Basta ver la parrilla de las teles y ver después la lista de programas de más éxito para constatar que audiencia y calidad no suelen ir precisamente de la mano. Tampoco es cierto que la manipulación partidista de los canales públicos haya generado un gran clamor. Sucede, más bien, que la denuncia de aquella manipulación es inversamente proporcional a la identificación del espectador con el Gobierno de turno: a mayor denuncia, menos identificación; y a más identificación, menos denuncia. ¿Quiere ello decir que las televisiones públicas debieran continuar como hasta ahora? Ni de lejos. Quiere decir, sencillamente, que la reforma que, con razón, el Gobierno se ha propuesto, podría naufragar de no tener en cuenta que la realidad es la que es: la de una sociedad pluralista, condicionada, del lado de la oferta, por la existencia, junto a los públicos, de empresarios privados para quienes la tele es un negocio; y del lado de la demanda, por la presencia de unos telespectadores que, al tener donde elegir, ven lo que les place. Ello exigirá a la nueva mayoría tomar una decisión que condicionará todas las demás: la de si TVE debe financiarse mayoritariamente con publicidad, como hasta ahora. Si ese siguiera siendo el modelo de futuro resultaría muy difícil cambiar la oferta de programas, oferta que quizá sólo podría mejorar, en consecuencia, si estuviésemos dispuestos a pagar un canon por televisión como en otros países europeos. De ello dependerá probablemente que la televisión pública pase a ser un medio digno de entretenimiento para los ciudadanos de todas las edades, gustos y segmentos culturales. ¿Y la manipulación política? Ahí la propuesta de solución no le resultará tan complicada al brillante comité de expertos que el Gobierno acaba de nombrar. Porque hay algo que una larga experiencia ha demostrado: que sólo apartando la televisión de manos del Gobierno es posible conseguir que sea neutral. Pues con la manipulación política acontece una cosa milagrosa: que el único que no la ve es quien se beneficia de ella.