EL FLAMANTE ministro del Interior, cuyas principales cualidades conocidas hasta ahora eran su parecido curricular con Vilallonga y cierto filobatasunismo, cosa que no es un buen aval para el cargo, se ha marcado unas declaraciones que no extrañarían en una folclórica almodovariana, pero que parecen muy impropias de su nuevo cometido institucional. Con escasa empatía, ¿y sin valorar las dificultades de ese ministerio?, ha manifestado que su antecesor don Ángel Acebes había descuidado sus obligaciones insinuando que habría dejado perpetrar el terrible atentado del 11-M por incompetencia o quién sabe si por cálculo político. El interesado, que tiene honor, además de un currículo extraordinario en la lucha antiterrorista contra ETA, ha contestado como cabe esperar de un hombre de bien. Pero más allá de lo personal, el ciudadano preocupado por la cosa pública y algo conocedor de nuestra historia está empezando a entrever cuestiones muy poco alentadoras que recuerdan momentos terribles del pasado de España y tenebrosos también del PSOE. A medida que se van conociendo más cosas sobre el oportuno atentado del 11-M en que a ZP se le apareció la Virgen electoral, hay datos que pudieran avalar la hipótesis alucinante de una conspiración con ribetes que no se agotarían en los moros quinquis de Lavapiés. Además de las prisas por actuar en Leganés, que huelen a destrucción de pruebas, ahora resulta que el minero suministrador del explosivo y otro implicado serían confidentes policiales. Si el anterior Gobierno no controlaba estratégicas parcelas del aparato de seguridad del Estado será porque supuestamente habrá habido funcionarios que habrían actuado antes como agentes exteriores que de modo institucional. Y pudiera ser también que Alonso haya gritado ¡al ladrón! para en la confusión disimular la huida del verdadero.