ESTE PAÍS boyante tiene algún pliegue oscuro; uno de ellos es el precio de la vivienda. El salario medio mensual está 500 euros por debajo de lo que vale un metro cuadrado construido; la maldición divina al expulsarnos del paraíso ya no sería ahora «ganarás el pan con el sudor de tu frente», sino «trabajarás tres meses para comprarte dos metros». Tenemos pasión por la propiedad y lo pagamos con creces, embarcados todos en este juego piramidal. Pero no se pueden pedir correcciones radicales: primero, porque esto no es una dictadura; además, porque la construcción tira de la economía y porque no hay instrumentos financieros ni objetos de inversión que igualen las perspectivas de rentabilidad de un piso. Las soluciones no se ven. Lo que se ve cada vez con más brillo y admiración es que en este panorama acomodaticio y sin riesgos, en donde todo el dinero va a lo mismo, todavía aparecen ciudadanos que tienen una idea, se niegan a llevar sus ahorros al ladrillo y crean una empresa. Eso tiene hoy más épica que el 4 - 0 del Dépor al Milán.