A ZAPATERO le bastó un minuto para cumplir su promesa más complicada y vistosa: «que las tropas españolas destinadas en Irak regresen a casa en el menor tiempo y con la mayor seguridad posibles». Los analistas más proclives a la derecha llevaban muchos días augurando que esa promesa jamás se cumpliría. Algunos medios de comunicación ya tenían dispuesta la batería de argumentos con la que iban a amargarle al PSOE la inminente campaña electoral. Y hasta es posible que Colin Powel y Condoleezza Rice tuviesen preparado el discurso bananero que le iban a soltar a Moratinos, para advertirle de los riesgos que corre cualquier país que osa desafiar los deseos de América. Pero Zapatero se adelantó a todos ellos y al mismísimo Bono, y antes incluso de darle la oportunidad de hacer el traspaso de poderes y poner en riesgo las claves de la decisión, el presidente del Gobierno quiso dejar muy claro que esta decisión es suya, que su palabra tiene un enorme peso, y que, con el solo apoyo del pueblo español, asume todos los riesgos de la operación. Tomada así, con tanta contundencia, la decisión resulta impecable y sorprendentemente sencilla. Porque es cierto que la ONU no está en disposición de ofrecer un cambio real de situación ni una coartada para la rectificación del compromiso. Porque es obvio que el cambio de rumbo de nuestra política internacional, y el abandono de la línea de sumisión al imperialismo de Bush, exigen una visualización y una teatralización que deje las cosas muy claras y reconcilie al pueblo con la política. Porque es muy de agradecer que nuestra vuelta a la política europea se haga con el prestigio que dan la firmeza y la coherencia democráticas. Y porque es muy inteligente llegar a las elecciones europeas con este problema resuelto, para convertir el 13-J en un refrendo de tan grave decisión, y para que nadie tenga dudas de cual es el camino del futuro. Esta misma mañana, en medio del enorme revuelo suscitado por la decisión de Rodríguez Zapatero, el nuevo Consejo de Ministros adoptará el acuerdo de convocar las elecciones europeas. Y nadie sabe mejor que los socialistas que, a sólo tres meses del terremoto que desalojó a los populares de la Moncloa, las elecciones europeas no serán más que la gran réplica que estamos esperando los sismólogos del voto para conocer las verdaderas causas de la derrota de Aznar y para dirimir quién es el dueño actual de la escena electoral. A eso fue José Blanco a la Moncloa el sábado por la tarde. Así se explica que el presidente quiera llegar al 13-J con los deberes cumplidos. Y basta con ver el enfado que cogió el asociado de Georgetown, para saber que están acertando.