ESCUCHAMOS estos días de despedidas y tomas de posesión, y siempre en boca de los mismos, que España ha pasado de la A a la Z. Podría entenderse que se trata de resaltar que pasa de Aznar a Zapatero. Pero lo que en realidad quieren insinuar es que España ha pasado del primer al último lugar. De contar con un gran presidente a uno débil e inestable. De disfrutar de tiempos prósperos, a ir hacia el desastre. Que puede que sea cierto, pero que, por el momento, no es más que un ejercicio de futurología. Nada más exacto que España viajó de la A a la Z. Pero no sólo por lo de Aznar y Zapatero. España ha viajado ya de la primera a la última letra del alfabeto. O lo que es lo mismo, de la A de ambición por construir un país mejor, de la de abanderado de proyectos internacionales, de ser un reino acreditado, argénteo y admirado, a la Z de zafiedad, de zozobra y de zarandeo. Porque los numerosos episodios que el último Gobierno aznarista protagonizó, y que no es necesario recordar, nos han servido, precisamente, para eso. Para situarnos los últimos, en los lugares postreros del concierto europeo y de la política internacional, Nos ha colocado precisamente, en la Z. De zanguangada. Uno que no se considera menos ocurrente que quienes pretenden jugar a ser ingeniosos, mantiene que Aznar nos deja más próximos al postrero lugar que al que nos correspondería por tradición, historia y responsabilidad. Ha hecho méritos para meternos en una zafacoca, en un zafarrancho, en un zipizape y en un zaragueteado de muy difícil salida. Por zarranplín, zascandil y zaíno. Nos ha zaherido y zarandeado hasta la saciedad. Porque entendió que gobernaba un país de zotes, zampabollos y zoquetes. Pero ahora se va sabiendo que esto no es un zoológico. Y, sobre todo, se va con la Z. Con la Z del zapatazo que no va a olvidar.