La soledad del opositor de fondo

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

APLICANDO el conocido refrán de que más vale estar sólo que mal acompañado, el PP ha decidido enfrentar la nueva legislatura de un modo verdaderamente paradójico: reivindicando el monopolio de lo que nadie quiere de momento para sí: la oposición. «Somos la única oposición», proclama Rajoy un día sí y otro también, sin darse cuenta de que todos los partidos presentes en las Cortes (salvo quizá el incombustible PNV) han decidido por ahora regalársela para que la disfrute en exclusiva. Lo cierto es que el PP, noqueado aún por su durísima derrota, ha decidido hacer de la necesidad virtud y fijarse una estrategia de salida cuyo objetivo no resulta, en todo caso, menos evidente que sus riesgos. Con su proclama de opositor impenitente, Rajoy pretende, claro está, mantener cohesionado al electorado popular, pensando en que un buen resultado en las elecciones europeas podría dar a su partido el impulso que, como agua de mayo, necesita para comenzar a salir del trágico marasmo en que hoy se encuentra. Los riesgos de esa estrategia son, sin embargo, manifiestos. Pues, como es sabido, la de la soledad resulta, en política parlamentaria, casi la peor compañía imaginable. La capacidad de influencia de un partido que está en el Congreso en minoría depende de su capacidad de veto (de impedir al Gobierno sacar adelante su programa), y su capacidad de veto depende de su capacidad de coalición, es decir, de su habilidad para sumar apoyos que transformen la minoría en mayoría. Como el PP tiene ahora en el Congreso 16 diputados menos que el PSOE, su única posibilidad de hacer una eficaz oposición -que es aquélla que le crea problemas al Gobierno- consiste en sumar, a los suyos, diputados suficientes de otros grupos como para conseguir derrotar a la mayoría que dirige Zapatero. Y ello hasta el punto de que si el PP no consiguiera, antes o después, el apoyo de alguno o algunos esos grupos, el PSOE podría gobernar cómodamente en minoría, resistiendo las previsibles presiones de sus potenciales aliados. Ahí se sitúa, de hecho, el nudo gordiano de la legislatura 2004-2008, que no es otro que el propio nudo gordiano del papelón en que ha colocado al PP el cuerpo electoral: obligado, por un lado, en el terreno ideológico, a atacar al gobierno socialista por estar en lo que considera malas compañías; y obligado, al tiempo, en el ambito político, a llegar a acuerdos con esas supuestas malas compañías para tratar de hacer una oposición que pueda acabar desgastando al Gobierno y al PSOE. De que el PP sepa o no cuadrar ese círculo vicioso depende en gran medida que los próximos cuatro años sean para el PSOE un paseo... o un infierno.