ES UN TIPO normal. Un funcionario que da sus clases por la mañana, cultiva sus aficiones por la tarde y de vez en cuando se escapa con su caravana a conocer mundo. Le llamé cuando leí en La Voz que se estaba celebrando en Vilagarcía una de las periódicas concentraciones de aficionados a viajar con la casa a cuestas. No estaba allí. Había elegido otro destino: -Voy en dirección contraria, camino de El Escorial. Me instalaré en un camping y dedicaré estos cuatro días a hacer recorridos por Madrid y sus alrededores en trenes de cercanías. La verdad es que lo primero que pensé es que se había vuelto loco. Pero recordé que había viajado de vacaciones por el País Vasco en momentos calientes en la siniestra actividad de los asesinos de ETA. No es un loco. Es solo un ciudadano con el valor suficiente para que un grupo de fanáticos no le haga modificar sus planes. Un tipo capaz de impedir que unos fanáticos modifiquen su agenda. Un gallego solidario con Madrid, ciudad abierta que acoge sin preguntar la procedencia, con los millones de madrileños que reaccionaron con un estilo insuperable a la barbarie del 11-M, ofreciendo su sangre hasta saturar los hospitales o dejando las calles libres a las ambulancias. Mi amigo Julio es uno de esos millones de ciudadanos que construirán el futuro de todos, con la demostración de valor necesaria para seguir haciendo una vida normal cuando los fanáticos quieren doblegar a toda la sociedad a base de sembrar el terror. No es nueva su actitud. Es la misma que le llevaba, treinta años atrás, a plantar cara a los grises en las juveniles manifestaciones en demanda de libertad. En algún perdido rincón de mi memoria volvió a sonar la voz de Joan Baez: «Unidos en la lucha, no nos moverán, como un árbol firme junto al río, no nos moverán». No lo consiguieron los que cerraron España durante cuatro largas décadas, ni los fanáticos de la moribunda ETA. Tampoco estos lo van a conseguir. No nos moverán.