PARAFRASEO el título de un extraordinario libro de José María Calleja, Héroes a su pesar, para tratar de entender lo que nos está pasando. Y como si escribiera por impulso de un automatismo inconsciente, encuentro que las claves de nuestro dilemas políticos y morales son los mismos que atravesaron los primeros resistentes contra el terror en el País Vasco. José María, periodista valiente y persona entrañable, escribió un primer libro sobre el tema, Contra la barbarie , para desbrozar todas las mixtificaciones y complicidades objetivas con un terrorismo que destrozaba las vidas de hombres y mujeres concretos, con nombres y apellidos, a través de sistemas y apoyaturas institucionales sólo concebibles desde la óptica totalitaria. Después nos dio otro testimonio en clave microsocial, Arriba Euskadi , la vida cotidiana en el País Vasco, para despertar las conciencias dormidas de los que aún les queda algo de humanidad y para respaldar a los que sufren la agresión del terror y la incomprensión social. Hoy lo recuerdo no sólo porque está viviendo el dolor íntimo y la angustia ante la incertidumbre de la recuperación de un hijo adolescente accidentado; sino porque los que viven con escolta por luchar por la dignidad, los solidarios de verdad con las víctimas, son los que pueden inspirarnos frente al terrorismo. Nosotros ya hemos votado, han pasado las elecciones, pero los problemas con el terrorismo no se han terminado. Nos han visto débiles y divididos, contemplan como ya antes de la formación del nuevo gobierno, vascos y catalanes aprovechan para avanzar en el independentismo fáctico. Los que se van están siendo culpabilizados y rematados simbólicamente para que no puedan volver a levantar cabeza electoral. Los que llegan andan dubitativos, también en política exterior. Sólo atienden los temas más superficiales. Podríamos salir de Irak si no se dan algunos requisitos formales, y los nuevos gobernantes no saben muy bien que hacer con Afganistán. El electorado anda muy revuelto, confusos unos, provisionalmente alegres otros, inquietos los más, sin faltar una amplia minoría triste. Pero no se aprecia verdadera esperanza ni una clara voluntad de país. Nos hemos descubierto como españoles en la negatividad, el eslabón más débil en la geoestrategia de los fanáticos desalmados. Y no podemos huir de los desafíos, ni cambiar nuestra posición el mapa, ni salir de la historia del siglo XXI. En este momento crucial no se detecta un verdadero nacionalismo español como voluntad colectiva. Era una superestructura formal del pasado, sin cuajar en una decisión concreta de acción común. Pero al igual que para el País Vasco, como ha mostrado José María Calleja, el único camino está en la unidad democrática y constitucional frente a la agresión exterior y a la división interior. Como las víctimas vascas que no eligieron su heroísmo, nosotros estamos condenados a convertirnos en españoles a nuestro pesar.