El corazón del cambio

| MARÍA ANTONIA IGLESIAS |

OPINIÓN

EL GIRO copernicano que Zapatero va a imprimir a la política exterior de España, sobre todo la promesa de hacer regresar las tropas de Irak, ha constituido el centro del debate político en las semanas siguientes al triunfo electoral de los socialistas. Ninguna otra cosa de mayor importancia parecía merecer la atención de los perdedores, como ejemplo claro de lo que puede acarrear la llegada al poder de «un inmaduro», como ha llegado a calificar Aznar a quien será proximamente su presidente del Gobierno, lo quiera o no. La afirmación de quien fuera líder del PP de que el terrorismo criminal de Al Qaida mató en Madrid a casi 200 personas «para que llegara un gobierno débil» pasará a los anales de la infamia politica. Sin embargo, no es esta cuestión -de Estado- lo que realmente ha disparado todas las alarmas en los centros del poder de la derecha, hoy refugiada en eso tan magmático que hemos convenido en identificar como «la sociedad». Ha sido cuestión doméstica, desprovista de un argumentario trascendente, imposible de señalar con los tintes de la «tragedia nacional», como Aznar ha calificado el previsible regreso de las tropas de Irak. Ha sido algo también prometido por Zapatero y que constituye, sin la menor duda, el corazón del cambio: la reforma educativa. Es ésta la que va a marcar un radical punto de inflexión en algo tan medular como la orientación ideológica de la enseñanza. Porque con un solo decreto se van a suspender, para ser luego derogados, los tres pilares de una Ley de Calidad de la Enseñanza inspirada en una filosofía descarnadamente conservadora: la recuperación de la reválida (un arcaísmo cubierto por la cohartada de la llamada «cultura del esfuerzo»), los itinerarios (encaminados a dejar en la cuneta a quienes no se puedan financiar apoyos suplementarios) y, sobre todo, la introducción en los planes de estudio de la asignatura denominada eufemísticamente «hecho religioso». Esta última aportación del PP a los programas educativos suponía colar por la puerta falsa de una neutralidad imposible un plus de enseñanza de la religión y, además, puntuable para cualquier estudiante, por más que su proyecto vital fuera el de ser arquitecto, abogado o licenciado en medicina. Todas estas conquistas de los defensores de una educación clasista y confesional van a verse arrumbadas por un cambio de gobierno que ha hecho de la regeneración de la enseñanza pública y de su carácter laico uno de los motores del corazón del cambio. Por eso me parecen irrelevantes las pataletas de los sectores que ya habían tocado con las manos las bondades de una reforma educativa que -como la guerra de Irak- provocó la repulsa de una gran mayoría de los ciudadanos. Pataletas irrelevantes, sí, pero que bien expresan la frustración ante todo de lo que la derecha está empezando a perder.