NO IMPORTAN los días que el lector haya pasado sin informarse de lo que ocurre en Oriente Próximo. Cuando vuelve a recuperar el hilo de la actualidad, la única noticia es que todo ha empeorado. Recuerdo las reflexiones de algunos expertos hace tan solo un año: pronosticaban que aquello no podía ir peor. Se equivocaron. La brutalidad de la represión israelí y la ferocidad de los grupos extremistas palestinos se han alimentado mutuamente para presentar el peor de los balances. Bajo el ruido de las bombas yace, acallado y sin aliento, el discurso de los partidarios del entendimiento y de la paz. ¿Qué parece pretender esta escalada enloquecida del terror? Por parte del Gobierno de Sharon, demostrar que el pueblo palestino es esencialmente terrorista y que debe ser tratado como tal. Por parte de los radicales del otro bando, convencer al mundo de que el verdadero objetivo de los judíos es someter o aniquilar a los palestinos. Guerra al terror, proclaman los primeros. Guerra santa, responden los segundos. Por eso tiene tanto mérito que, en esta situación, unos setenta intelectuales y políticos de Cisjordania y Gaza hayan puesto en marcha lo que denominan «un golpe de Estado» contra los grupos extremistas que secuestraron una Intifada que en su origen fue popular y pacífica. Su objetivo es abandonar la vía armada, que provee a Sharon de todas las excusas para su política, y obligar a Israel, con el apoyo de la comunidad internacional, a negociar en pie de igualdad, sin atentados y sin terror. Sharon sabe que éstos son los palestinos que podrían vaciar de sentido sus planteamientos de halcón asilvestrado. Pero puede estar tranquilo. Las voces que más se oyen entre los palestinos siguen siendo las de aquellos que claman venganza. Las palabras de los que defienden una oportunidad para la paz tardarán en abrirse paso. Se ha acumulado demasiado odio para que no sea así. Pero todos saben, los judíos y los palestinos, que no hay una salida razonable y con garantías de futuro que no pase por esas fases de negociación y acuerdo, dentro de un clima de respeto y de ausencia de violencia. Es una pena que saber tanto sirva para tan poco.