EN ASUNTOS de terrorismo, los servicios secretos no tienen como principal finalidad cometer atentados muy sofisticados técnicamente, que también, sino modular la acción escogiendo el contexto adecuado para obtener el resultado político perseguido. Otra característica de los servicios secretos -o de inteligencia, como a veces se les llama- es la de hacer ejecutar los atentados por profesionales a sueldo que no saben para quien trabajan u organizaciones políticas o religiosas manipuladas, al tiempo que van dejando un rosario de pistas falsas para confundir a los investigadores. En eso consiste la famosa «inteligencia». Respecto al 11-M, a simple vista todo apunta hacia una facción islamista, y sin negar la autoría material puede que sólo sea pura apariencia. Incluso aceptando que los propios autores materiales creyeran de buena fe que actuaban para vengar la toma de Perejil o la invasión de Irak, es difícil negar que la finalidad última de los atentados era influir en la votación del 14-M. Evidentemente, de ello no tiene la culpa el PSOE, y los atentados sólo consiguieron su objetivo, una especie de golpe de Estado electoral con oculta intervención extranjera, gracias a la impericia del PP, si bien las cosas se planificaron con tal precisión que los errores informativos del Gobierno, en un primer tiempo, fueron inevitables y la perseverancia en los mismos casi natural. Esto es, no queda descartado que las demasiado fácilmente frustradas acciones de ETA que precedieron al atentado fueran parte del cebo que debía inducir al Gobierno a endosarle machaconamente la autoría. En segundo lugar, cuando el Gobierno picó el anzuelo aparecieron asimismo demasiado oportunamente las pruebas, furgoneta y mochilas, que llevaron a dar casi inmediatamente con los ejecutores, a los que además se relacionó fácilmente con Al Qaida por uno de los participantes, más fichado que Durruti. Ésta no es la forma de trabajar de Al Qaida. Tampoco es normal la celeridad con la que ETA negó la autoría dada la situación de debilidad en la que aparentemente se encontraba; quiero decir, no le hubiera venido nada mal que aún se la creyera tan fuerte (cuanto más aterrorice más fuerte es) y si posteriormente le conviniera desmentirlo siempre habría tiempo. Por el contrario, le convino negar sin dilación la autoría para influir en el voto. Entiéndaseme, quizás el PSOE hubiera ganado igual pero así ganó con mayor facilidad. Subsiste un aspecto que no se ha analizado suficientemente pero que yo considero muy importante: el lugar. Según la tregua de ETA convirtiendo a Cataluña en un protectorado, y en consonancia con los movimientos frustrados de dinamita hacia Madrid, todo daba a entender que de producirse un atentado en la capital de España sólo podría tratarse de ETA. Sin embargo, esto no es congruente con la autoría islamista. Puesto que todo el mundo esperaba un atentado en Madrid, y nadie en Barcelona, lo lógico es que los islamistas actuaran en Barcelona: gozarían de la ventaja de ejecutarlo con menos vigilancia y la sorpresa permitiría el repliegue a Francia en una hora. Ahora bien, desde el primer minuto se habría sabido que no había sido ETA y el Gobierno hubiera artillado la estrategia informativa ad hoc . Por tanto, sólo un servicio secreto con capacidad para introducirse en los medios islamistas marroquíes y de terroristas vascos tenía la suficiente perspectiva organizativa para manipular a su guisa a los actores directos e indirectos de la masacre -sin necesidad de conectar a los unos con los otros- y crear el ambiente que propiciara la consecución del fin último. Queda la pregunta clave: ¿a qué país extranjero beneficia el cambio de gobierno?