LOS POLÍTICOS no son como las gentes del famoseo , que cuantas más veces aparecen en la pequeña pantalla más enteros ganan. Si tienen cierto nivel, sus excesivas presencias en televisión, sin nada que decir, me temo que les desgastan más que afianzan sus posiciones. En ese caso de declive hay que inscribir, en mi opinión, la última entrevista en Telecinco del presidente José María Aznar. Solamente porque no se le derritió el bigote no se puede certificar, aunque sí sospechar de buena ley, que aquello no era un hombre sino un témpano catódico. No transmitía un miligramo de humanidad. La entrevista fue anodina y reiterativa, por parte de Aznar. Y aun la hizo más repetititiva un profesional nervioso o instalado en las nubes, que repitió dos veces con la misma formulación una pregunta, y le faltó habilidad para reiterar otros interrogantes para intentar acorralar al entrevistado. Cierto que Juan Pedro Valentín sólo ganó a Aznar en gesto alegre, que no en interés. Si nada tenía que decir, ¿a qué fue el todavía presidente en funciones a una televisión, dicen que a requerimiento suyo? No parece que tuviera mucho sentido su comparecencia para repetirnos, en esencia, mecánicamente y sin un solo elemento nuevo, dos lecciones que nos ha transmitido sobradamente: el terrorismo ha sido siempre el eje de su política y durante la crisis del 11-M el Gobierno nunca mintió. No aportó argumentos para que se le creyera más que la víspera. Confieso con estupor y sin la menor satisfacción, porque creo que junto a acciones lamentables hizo cosas memorables, que Aznar no ha quedado como una foto fija después del 14-M. No es sin más la imagen de la derrota, justa o injusta, según las apreciaciones de cada cual. Produce la impresión de que se deteriora día a día, como si se empeñara en entrar en la historia solamente con esa parte de su personalidad política mayoritamente rechazada. Si ese es su objetivo masoquista, la entrevista que comentamos le ha ayudado bastante.