Demasiado pronto

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

DURANTE los años de mayoría absoluta, cuando Aznar daba la sensación de controlar todos los resortes del Estado, mantuve una abierta crítica en contra de una forma de hacer política que no me parecía ni útil ni sostenible, y más de una vez me quedé solo a la hora de denunciar los excesos de una política antiterrorista que, ya en tiempo de prórroga, dejó al aire su propia miseria. Pero, a pesar de esa crítica, y de mis ansias de cambio, en ningún momento me dejé entusiasmar por el trío compuesto por Blanco, Caldera y Zapatero, a los que más de una vez -¡o de cien veces!- les he reprochado su oposición blandengue, su seguidismo del PP y su incapacidad para dejar al pairo el autoritarismo de Aznar. También llegué a creer que, por culpa de una mala oposición, corríamos peligro de seguir otros cuatro años en manos de los gestores del Prestige , de los boicoteadores de la Constitución europea y de los invasores de Irak. Y por eso quiero decirles con toda sinceridad que, aunque celebro mucho el fin del aznarismo, todavía carezco de razones para adherirme en cuerpo y alma a ZP, ni para comprender a los que, habiendo hecho befa y mofa de su equipo, no dudan en ver un Andreotti donde antes veían a Blanco, o en mirar a Caldera como si fuese Helmut Kohl. La política democrática exige que los comentaristas nos adaptemos al cambio, y que, lejos de iniciar la legislatura despellejando a todo bicho viviente, sigamos respetando los cien días de cortesía que merece todo gobernante. Pero una cosa es la objetividad y otra el péndulo, y por eso hay que mirar con cuidado a los que, sin que haya sucedido nada que lo justifique, perciben auténticos estadistas donde antes veían becarios. Si mal me parece la gente que deslegitima las elecciones para defender al pobre Aznar, tampoco me gustan nada los que, tratando de hacerle la pelota a Blanco, Caldera y Zapatero, descubren ahora una sensacional administración del tiempo político; o los que, en contra de la evidencia y de los números, minimizan la influencia de los atentados, y presentan el resultado como una consecuencia natural de la gran campaña de Rodríguez Zapatero. Por si algo le va en ello, sepa que yo no me encuentro en ese grupo. Que mantengo una por una las críticas que le hice a la oposición socialista, que veo la legislatura con cierta inquietud y que sigo creyendo que Rodríguez Zapatero llegó al poder casi de chiripa. Y, aunque estoy muy contento y tengo muchos deseos de hablar bien del Gobierno, no estoy dispuesto a darle un cheque en blanco a ningún gobernante. Porque la opinión tiene también sus tiempos y compromisos, y porque nunca me parecieron bien las conversiones de última hora.