HASTA EN los que han ganado formalmente, el desasosiego desluce su triunfo. Llegó envuelto por una pesadilla inimaginable. La identificación de los ejecutores del crimen fue sospechosamente fácil. Nunca el terrorismo islámico había dejado huellas palpables para una identificación tan evidente, tan intencionada. Ni tampoco reivindicara con tanta celeridad sus crímenes. Ni afinara con tanta precisión política el calendario del terror, hasta acoplarlo a las jornadas de dolor y reflexión, sin tiempo para el juicio. Algo se presiente que no acaba de encajar. Al final, las elecciones ofrecieron un resultado demasiado buscado por los terroristas. Inquietante para nuestra democracia y alarmante para otras naciones, que ahora serán sus objetivos preferentes. Ningún votante quería esta consecuencia; tal es el drama del 14-M. Los políticos deberían haber acordado el aplazamiento de las elecciones, para que nadie tuviese que votar con la razón aterida por la muerte. No hubiera sido un triunfo de los criminales, cambiar las fechas de una convocatoria es logro baladí; minar las convicciones subyacentes sobre la legitimidad de los resultados, cosa bien distinta. Los hechos de la jornada de reflexión, con gentes airadas acosando las sedes del partido del gobierno, han sido muy graves. La siembra de odio hizo muy bien su trabajo. Fue nuestra particular derrota civil. Y en esos momentos cruciales, en la hora de la verdad, Zapatero se ocultó en la inocencia programada, y delegó en un experto en descabellos para rematar a unos gobernantes conmocionados por el mal absoluto. Después negó la secuencia real de los hechos y atribuyó el éxito del apoyo anónimo en las urnas, a una supuesta corriente de cambio no detectada por las encuestas. Por su parte, Rajoy pecó de una indefinición paralizante desde su nombramiento como sucesor. Evitó el imprescindible debate y lo fió todo al aval pasivo de una gestión que había sido realmente notable. No fue suficiente. Adoleció de la debilidad crónica del carácter gallego, la de no comprometerse. Reaccionó en el último momento, sin tiempo, cuando ya la sentencia se había acordado. Lo más grave son las conclusiones que pueden sacar los fanáticos. El terrorismo selectivo, -matar a un guardia civil, a un concejal o a un militar-, causa indignación aunque no pánico general. Pero un atentado masivo, el terrorismo indiscriminado, es susceptible de cambiar la voluntad electoral y política de las democracias. Pavoroso descubrimiento, nuevo teorema fundamental para los nihilistas globalizados, brutal constatación de los efectos del 11-M. Muchos han sido los perdedores y pocos los ganadores. El 14 de marzo del 2004 será una fecha de derrota general en España. Sin tiempo a la reflexión, heridos por la atrocidad y espoleados por los irresponsables, intentamos exorcizar los males del mundo y situarnos al margen de la crueldad de la historia. Pero el aislamiento es un sueño imposible.