GRACIAS a las películas del Oeste, y a las muchas aventuras del Séptimo de Caballería, todos sabemos que las flechas de los indios no se pueden arrancar, y que, una vez que han hecho blanco en la espalda de un soldado, no queda más remedio que partirla e inmovilizarla, hasta que un médico la pueda operar. A veces, cuando el teniente es Burt Lancaster o Kirk Douglas, se puede sacar la flecha con un cuchillo y cicatrizar la herida con un poco de pólvora. Pero todos sabemos que es una opción poco realista que los grandes directores nunca practican. Por eso escogí la metáfora de la flecha para hablar de la retirada de las tropas de Irak, y para aconsejarle a Zapatero y a sus fans que no se precipiten en la extracción de los rejones que nos clavó el aznarismo. Nada me apetecería más que ver a las tropas españolas recogiendo sus armas y pertrechos y regresando a casa. Escribí muchas veces contra la guerra de Afganistán y la invasión de Irak, y he razonado por activa y por pasiva la perversión que supuso el discurso del 11-S, cuya esencia consiste en aprovechar el terrorismo para hacer guerras imperialistas, aunque sea a costa de extender la violencia a todo el mundo. Pero también soy muy consciente de que los líderes de las Azores clavaron en nuestra espalda sus flechas envenenadas, y que, si caemos en la tentación de arrancarlas de un solo tirón, corremos el peligro de morir desangrados. Por eso creo que Zapatero debería pensar las cosas con calma, mientras nosotros nos preparamos para ser pacientes y comprensivos y no precipitar la realización de los beneficios electorales. Si es posible salir de Irak, debemos hacerlo de inmediato. Pero si no es posible, y si con eso ayudamos a deslegitimar el pacifismo y la reorientación necesaria de la política exterior, debemos esperar. Lo que no tiene que esperar es el corte de mangas que hay que hacerle a Bush y su cuadrilla, el regreso de España al europeísmo, la restauración de las relaciones con los países árabes, la reposición de nuestro liderazgo en América Latina y el abandono del asqueroso discurso belicista que algunos han confundido con la grandeza de España. A la vista de los hechos acaecidos entre el 11 y el 14 de marzo, es evidente que el PSOE no puede defraudarnos, y que se hace muy urgente plantarle cara al PP en el terreno de la educación, o rehacer el discurso de la España plural que Aznar había demonizado. Pero no por eso podemos exigirle a Rodríguez Zapatero que arranque de cuajo la flecha del indio, y que, por darnos el gustazo que tanto merecemos, abra un desgarro incurable en su propia mayoría. Porque siempre es más importante la vida que cicatrizar una herida.