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La Voz

OPINIÓN

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ | O |

19 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

EL DIEZ de marzo aún nadie se había ido. El once no estaba ninguno. Ni Jorge, ni Kalina, ni Andriyan, ni Nieves, ni Alberto, ni José Luis, ni Rex, Ni José Miguel. Ni Ana Isabel... A Jorge le pusieron sobre el féretro la camiseta de Zidane. Para él, Zidane era lo máximo, un músico del balón. Kalina iba a casarse en mayo. Su novio Andraiyan murió en el mismo tren. Iban a casarse en mayo como el Príncipe. Sus familias los enterraron con los trajes de ceremonia. Nieves se había apuntado a clases de baile de salón. Nieves se había quedado toda una noche sin dormir para ver aquella lluvia de estrellas tan fuerte. Como los cazadores de estrellas que van a Montesalgueiro a ver más allá. Alberto estudió para piloto y por fin era piloto. José Luis quería ir ese día a Ifema para visitar la feria de Educación. Acabó en Ifema pero dentro de un féretro, el extraño, intraducible, lenguaje del destino. Rex iba a ir en el tren anterior, pero volvió a casa a por el mechero. Murió en el siguiente. ¿Quién no ha vuelto a casa a por el mechero? O José Miguel, que vino a Galicia a sacar chapapote con sus manos, sí, a Galicia. O Ana Isabel, que ya sabemos todos que estaba embarazada de siete meses. Ven cómo eran iguales a nosotros. Por eso duele tanto.