DURANTE la campaña electoral había dos asuntos tabú para los candidatos del BNG: la guerra y el Prestige. Resultaba inconcebible ver a Anxo Quintana dando mítines en los campus gallegos sin hablar de los dos asuntos que han acercado a la política de forma muy saludable a decenas de miles de jóvenes. En su guión prefabricado aparecía alguna cita colateral, pero como argumentos estaban prohibidos por decisión de su equipo. Hubo candidatos que en los mítines pequeños de las aldeas se saltaban esas instrucciones que parecían dictadas por Urdaci. Esa apuesta partía de un determinado diagnóstico de las municipales del 2003. El leve avance del BNG, de un punto en porcentaje de voto respecto a 1999, se valoraba negativamente, como un producto de una campaña demasiado centrada en el Nunca Máis y el Non á Guerra. El tiempo ha demostrado que ambas consignas salvaron al Bloque de sufrir en las municipales el descenso que ya había padecido en las autonómicas. La actual dirección pensó lo contrario y apostó para las generales por una campaña de plástico para vender la figura de Quintana como un Pujol de Allariz. De este modo, mucho antes del 11-M el Bloque había sentado las bases para recibir en las urnas el mayor vaparalo de su historia, hasta ahora construida a base de continuos avances electorales. Los atentados y el malestar con las trampas gubernamentales impulsaron al electorado hacia el PSOE en mayor medida que en España. Era el voto de la guerra. ¿De qué guerra?