DESDE LA misma noche electoral del domingo proliferan preocupantes declaraciones y peligrosos análisis políticos que, en algunos casos, llegan a poner abiertamente en entredicho el resultado salido de las urnas. No me refiero a Rajoy, que en términos generales ha aceptado elegantemente la derrota, sino a determinados dirigentes del PP, incluido algún ministro, y a ciertos portavoces mediáticos de la derecha española que, en una actitud sin precedentes en nuestra democracia, parecen dispuestos a cuestionar la legitimidad del resultado electoral para intentar salvar su maltrecha credibilidad. Claro que los terribles atentados de Madrid y, sobre todo, la delirante gestión que el Gobierno ha realizado de la crisis, han influido en el resultado final, ¿podría ser de otra manera? La sucesión de despropósitos del Gobierno actuó, sin duda, como catalizador del proceso político y facilitó que los descontentos y frustaciones acumulados durante meses precipitaran definitivamente; el Prestige , el Yak-42 , la guerra de Irak y las mentiras que la justificaron... volvieron de repente a un primer plano en la memoria de los ciudadanos y desencadenaron un vendaval cuyos resultados son bien conocidos. Pero todo ello no hubiese sido posible si no preexistiera una voluntad inequívoca de cambio y una fuerza política suficientemente creíble, capaz de transformar aquella voluntad en alternativa de gobierno. A esa conclusión, y no a otra, se llega si se estudian con detalle y sin prejuicios los resultados electorales. Si tal cosa se hace, no es difícil descubrir el rechazo explícito del electorado a la estrategia y a los métodos con los que el PP abordó algunos de los grandes problemas que tiene planteados la sociedad española. Fijémonos, por ejemplo, en cómo han pretendido reconducir los ciudadanos una de las cuestiones más peliagudas y controvertidas de los últimos años: las tensiones territoriales y la cohesión de España. Los resultados electorales son más que elocuentes. En efecto, el descalabro sufrido por el PP en el País Vasco, más allá de la influencia de los atentados, muestra el total agotamiento de un proyecto político, liderado por Aznar y Mayor Oreja, basado en la confrontación entre dos polos identitarios e irreconciliables: el nacionalista y el no nacionalista, o, si se prefiere, entre dos nacionalismos de distinto signo. Al mismo tiempo, la nueva correlación de fuerzas, como consecuencia del espectacular avance del PSE, difumina las aspiraciones soberanistas del PNV y dificulta cualquier posibilidad de producir unilateralmente cambios en el marco político vigente. No es extraño que desde el domingo empiecen a pronunciarse nítidamente las palabras diálogo y negociación. Tampoco es razonable atribuir a los atentados de Madrid el total desplome del PP en Cataluña. Parece más realista interpretar el resultado como la contundente respuesta a la inaceptable postura del Gobierno, empecinado desde el primer día en descalificar al Gobierno legítimo de la Generalitat y, por tanto, a los millones de ciudadanos que lo votaron y lo apoyan. El 14-M los ciudadanos han encargado al PSOE, ante el evidente fracaso del PP, la responsabilidad de formular, desde la ineludible defensa del orden constitucional, un proyecto integrador, en el que todos, incluidos los nacionalistas democráticos, puedan sentirse comprometidos con el Estado democrático y corresponsables con el proyecto europeo de la España plural. Otros y variados factores -autoritarismo, desprecio a los ciudadanos, patrimonialización de las instituciones, antieuropeísmo...- han influido decisivamente en el resultado de las elecciones. El PP debería tenerlos en cuenta y realizar una profunda autocrítica en vez de intentar justificar su derrota con argumentos inaceptables que sólo profundizarán su crisis y descrédito. En democracia, el veredicto de las urnas puede gustar más o menos, pero jamás se cuestiona. Por los demócratas, claro.