Por los olvidados

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

EL SUR de Madrid, humilde y trabajador, es como el sur de la mayoría de las ciudades del planeta. Recio sur, donde casi todos los días del año son iguales, e iguales casi todos los años de la vida, e iguales, en fin, casi todas las vidas de las gentes. Gentes que si un día, por casualidad, salen en la prensa, guardan cuidadosamente los recortes del periódico. Gentes que celebran que un conocido hable una vez en su vida por la tele y que miran con orgullo a aquéllos de los suyos que, con esfuerzo, han sido capaces de romper el duro anonimato que el destino les tiene reservado a casi todos. «Buenas gentes que viven, laboran, pasan y sueñan, y un día como tantos descansan bajo la tierra». Antonio Machado, caminante, las conocía como pocos. Como las conocía, también, otro español universal, el inmenso Luis Buñuel, que en su exilio mexicano decidió filmar una película hablando de las más pobres de esas gentes, las más pobres de las pobres gentes pobres, y la tituló, con razón, Los olvidados. A esos olvidados es a quienes el jueves golpearon con toda su saña criminal los terroristas en Madrid. La condición humilde de las víctimas no quita ni añade nada, por supuesto, a ese crimen execrable que nos tiene aun sobrecogidos. Todas las víctimas tienen, por su propia naturaleza, la misma condición, y sólo los pistoleros y los que en su nombre se atreven, al igual que sucios usureros, a administrar la vida ajena, acumulan el cuajo necesario para hacer distingos entre ellas. No, la condición humilde de las víctimas no las hace a ellas, ni a sus verdugos, mejores o peores, pero confirma, con descarnado dramatismo, que los olvidados sólo consiguen salir de la espesa bruma de la rutina cotidiana cuando logran tener muy buena suerte... o cuando la tienen, por desgracia, horriblemente mala. Perra suerte, sí, jodida perra suerte la de todas las buenas gentes que la mañana del día 11 de marzo del año 2004 no tuvieron un imprevisto bueno o malo que les hiciera perder los trenes que iban a acabar siendo su ataúd. Les han tajado la vida. O la salud. O la integridad física y moral. O, simplemente, las ganas de vivir, de seguir viviendo cuando el espanto ceda el lugar a la tristeza, y la inmensa solidaridad de este país puesto en pie contra el terror se vaya apagando poco a poco y vaya dejando sitio a la estremecedora soledad de quien ya no verá más a los que tanto había querido. Individualmente no podremos hacer bien pronto mucho más por los que sufren. Pero hoy debemos hacer algo todavía. Ejercer, por los que ya no pueden, el único derecho que es, en verdad, auténticamente igual y universal: el de votar. Por los olvidados, votemos pues. Se lo debemos.