«ES ESTE UN DOLOR que no se puede mirar, porque no se puede sufrir»... Se me viene a la memoria, súbitamente, esta frase que hace unos años utilizaba Jaime Mayor Oreja para expresarme sus sentimientos en los días de la pasión e inicua muerte de Miguel Ángel Blanco. Y es que realmente no encuentro otra forma mejor de expresar hoy mis propios sentimientos ante tanta atrocidad, tanto dolor y desolación como han reflejado las imágenes del caos y la muerte que ETA ha sembrado en Madrid. Confieso que, en algunos momentos, he preferido no mirar -a pesar de que por razones profesionales hubiera estado obligada a hacerlo- sencillamente porque lo que estaba viendo me resultaba insoportable. Insoportable, sobre todo, la imagen cruel de tantos y tantos ciudadanos, modestos trabajadores inocentes y patéticamente indefensos ante el terror. Ya en la noche he podido hacerle un hueco en mi mente, colapsada por la estupefacción y la repugnancia, a una reflexión más sosegada. Pero ha sido precisamente en esos momentos de sosiego donde he encontrado motivos de mayor inquietud... es seguro de que hoy en Madrid, y en toda España, veremos imágenes reconfortantes que, por supuesto, no van a reconfortar a los que más lo necesitan, que son los familiares. Me refiero a las manifestaciones multitudinarias que se han convocado y que intuyo que nos van a recordar, mucho, a las que se produjeron como respuesta ciudadana a la intentona golpista del 23 de febrero de 1981. Fue aquella una imagen, impresionante, de una ciudadanía acorralada que sacaba fuerzas de su propio miedo, pero también de su sólida unidad, y que le pedía a sus políticos respuestas... Las hubo entonces, las respuestas, porque, entonces, los partidos políticos huyeron de la división como de la peste, y por eso los ciudadanos superaron aquel sentimiento de la indefensión que les angustiaba. Hoy, 23 años después, la ciudadanía vuelve a percibir el peligro de la indefensión, esta vez ante el terror y la muerte, y va a salir a la calle buscando el calor del apiñamiento, de la proximidad. Pero... mucho me temo que cuando esos indefensos ciudadanos busquen la mirada, y las respuestas, de los políticos de hoy, sobre todo de algunos, van a percibir que nuestros dirigentes no están a la altura de las circunstancias. Lo cual es dramático porque esta es la hora de la política grande, de la política que afronte, con coraje y sentido del Estado, una situación límite que atenta contra nuestra democracia como lo hicieron los golpistas del 23-F. Estén seguros nuestros responsables políticos de que los ciudadanos van a volver a salir a la calle como entonces. Por eso es transcendental que ellos, los políticos, no les defrauden. Y llegará el domingo. Y habrá que salir a la calle para ejercer el derecho al voto, para llenar las urnas de respuestas de vida democrática frente a la muerte y la oscuridad que ha sembrado el terror. Pienso que si cada ciudadano saliera a la calle, el domingo, convencido de que cada voto emitido desactiva una bomba de ETA, va a ser la democracia la que gane estas elecciones por mayoría absoluta.