Los huevos de la serpiente

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

11 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

EL LENDAKARI vasco intervino ayer antes que nadie ante las cámaras. Y dijo, entre otras cosas, que los autores del estremecedor atentado terrorista de Madrid eran unas alimañas: «No son vascos -recalcó-, son simples alimañas». Puedo asegurarles que yo entiendo sus palabras. Sí, entiendo su pavor al comprobar en que ha dado finalmente el grupo de asesinos que se cobija bajo las siglas de «Euskadi y libertad» (ETA). Pero esa comprensión no puede hacernos olvidar la dura realidad. Y la realidad es que los etarras sí son vascos. Es más, sólo la constatación de esa sobrecogedora realidad permite explicar lo que de otro modo resultaría inexplicable. Pues los etarras no son unos lunáticos desprovistos de cualquier ideología que matan simplemente por matar. Muy lejos de ello, los etarras son la expresión quintaesenciada de un nacionalismo racista, fascista y criminal, que considera que su causa justifica cualquier atrocidad. Los etarras no son, desde luego, los vascos generosos, los vascos laboriosos que, desde posiciones políticas distintas y legítimas (nacionalistas y no nacionalistas) luchan por mejorar la situación de su país. Los etarras no forman parte de esa inmensa mayoría del admirable pueblo vasco que han trabajado, generación tras generación, por hacer de su país, y hacer de España, un lugar donde se pueda vivir en paz y en libertad. Pero sí son vascos los etarras. Son unos vascos que han llegado al convencimiento pleno y absoluto de que su lucha exige asesinar, secuestrar y extorsionar. ¿Cómo han podido llegar a tal convencimiento los cientos de chavales que durante más de treinta años han nutrido las filas de la banda criminal? ¿Qué fanatismo brutal y descarnado se cobija en una sociedad para que una parte de la misma haya aceptado que es necesario hacer uso de las armas en un país en que todas las ideas pueden ser defendidas de forma democrática y pacífica?. Esas son las preguntas que debemos tener el valor de plantearnos. Es cierto que la lucha contra ETA ha avanzado en estos años de una forma que ya nadie pone en duda. Pero es cierto, también, que, aun arrinconada como nunca, la banda terrorista puede causar la inmensa destrucción que vimos ayer sobrecogidos. ¿Por qué? Pues porque hemos utilizado todas las armas que el Estado de derecho pone en nuestras manos, salvo una: la consistente en acabar de una forma radical con el caldo de cultivo que lleva a muchos jóvenes de Euskadi a entrar en ETA. Ese es hoy, como lo ha sido durante estas últimas tres décadas, el difícil desafío al que tenemos que enfrentarnos. La sociedad vasca debe asumir plenamente de una vez que el final de ETA exige de modo inexcusable secar las fuentes del odio que mantienen viva todavía a la banda terrorista. Porque de nada servirá atrapar sus huevos una y otra vez sino acabamos ya con la serpiente.