DECIR de las mayorías absolutas que son malas es como decir que son malas las navajas. ¿Lo son? Pues la verdad es que depende del uso que se haga de las mismas. Las navajas, inofensivas en manos de un barbero, son temibles cuando las manejan los miembros de una pandilla de matones. Con las mayorías absolutas pasa algo similar: con ellas puede hacerse lo mejor y lo peor. En Inglaterra, por ejemplo, las mayorías absolutas son un componente estructural del régimen político. La regla electoral mayoritaria favorece allí la formación de mayorías de ese tipo, con las que los ingleses han construido un modelo de gobierno que sigue siendo la envidia de quienes creemos que la democracia es una forma de organizar el pluralismo y no un sistema que funciona bien si nos garantiza la victoria y mal si permite ganar a nuestros adversarios. Por eso, a nadie se le ocurriría en Inglaterra echar a la mayoría absoluta, en cuanto tal, las culpas que, en su caso, pudieran corresponder a quienes hicieran de ella un uso torticero. En España, sin embargo, enseguida nos ponemos estupendos. La mayoría absoluta se presenta como una panacea por todos los partidos que están en condiciones de obtenerla, partidos que la consideran, sorprendentemente, abominable cuando los que pueden alcanzarla son los otros. Nuestra historia reciente demuestra, pese a ello, que la mayoría absoluta ni es el problema, ni es la solución, sino sólo un instrumento del que puede hacerse un uso bueno o malo: gracias a contar con una mayoría impresionante pudo, de hecho, el Partido Socialista durante sus primeros años de gobierno meter en cintura a los sectores franquistas del ejército, echar a andar el Estado de las autonomías o asentar la sociedad del bienestar de la que hoy disfrutamos. ¿Podría decirse algo similar de estos cuatro años de mayoría absoluta del PP? No lo parece. Por el contrario, más bien cabría destacar que el PP ha acertado plenamente cuando ha actuado como si no contase con esa mayoría: en la ley de partidos, por ejemplo, que hubiera resultado un auténtico fiasco jurídico y político si el PP se hubiese empeñado en imponer sus posiciones, y que acabó siendo un rotundo éxito en ambos campos gracias a sus acuerdos con Convergencia y el PSOE. Por eso, aunque no soy de los que creen que las mayorías absolutas sean malas por sí mismas, me inclino a pensar que lo peor que podría pasar el día 14 -supuesto, claro, que acierten las encuestas- es que el PP conserve la mayoría absoluta que durante cuatro años no ha sabido utilizar. Sería malo, desde luego, para España. Y, conociendo como se las gasta su partido, sería malo quizá también para Rajoy.