03 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

EL HOMBRE moderno está enajenado de sí mismo, de sus semejantes y de la naturaleza. Bien alimentado, bien vestido, sexualmente satisfecho, y no obstante... La burda satisfacción de los deseos no es el camino ni aun del placer máximo, como reconoce Erich Fromm en el libro que da título a esta columna. En la actualidad la felicidad consiste en divertirse; y divertirse significa consumir espectáculos, comida, bebidas, cigarrillos, gente, conferencias, libros, películas; todo se traga. Empleamos nuestras energías para lograr nuestros deseos, y casi nunca nos detenemos a pensar si los fines perseguidos valen realmente la pena. Vivimos en un mundo en el que las personas y las cosas se han transformado en instrumentos, y en donde nosotros mismos no somos más que una parte del sistema. La consecuencia es la frustración de la vida. Detrás de una fachada de satisfacción y optimismo, el hombre moderno es profundamente infeliz. Aumenta el consumo de antidepresivos, la agresividad es el pan nuestro de cada día, cada vez se suicida más gente. Está hambriento de vida, a pesar de su disfraz de optimismo. Alimentados con leves milagros cotidianos, pretendemos avanzar hacia nadie sabe dónde, cuando sólo resbalamos de técnicas nuevas a métodos novedosos. Mucha tecnología, poca humanidad. Nos narran futuros que desprecian nuestro presente, a pesar de que éste es, sin embargo, el futuro de otros pasados. Política y economía son seres vivos sin pies ni cabeza que asocian crecimiento con buena vida. No fue el arado lo que liberó al esclavo, ni la emancipación de la mujer es obra de la lavadora. Somos drogadictos de un destino independiente de nuestras previsiones. Se ha producido una brecha entre el desarrollo material y el progreso espiritual y eso genera malestar. La victoria del hombre sólo es posible si la democracia llega a constituir una sociedad en la que el desarrollo integral de la persona constituya el eje; en la que la vida no necesite justificarse por el éxito, y en la que el individuo no se vea subordinado ni sea objeto de manipulaciones por parte de ningún poder exterior a él mismo. Tan sólo si el ser humano logra dominar la sociedad y subordinar el mecanismo económico a los propósitos de la felicidad humana, si llega a participar activamente en el proceso social, podrá superar aquello que hoy lo arrastra hacia la desesperación. Una ecología del espíritu.