La anomalía española

| PEDRO ARIAS VEIRA |

OPINIÓN

EL CLÁSICO francés Alexis de Toc-queville esbozó una teoría sobre la tendencia crónica de las democracias hacia la inestabilidad. Dijo que «la democracia no entiende el arte de ser económico». La competencia entre aspirantes al gobierno dispara los gastos públicos, rehuye el cargar a los electores con impuestos perceptibles y termina invariablemente con el recurso al endeudamiento. Lo que al final provoca la quiebra. Su modelo de las crisis y de los ciclos no es económico, sino político. Es la vanidad humana y la ambición política de cortos vuelos lo que ocasiona las crisis y sus ulteriores desastres sociales. Para Tocqueville solo un pueblo consciente de la financiación real de los gastos públicos puede garantizar una democracia sostenible. En España la democracia solvente posee el carácter de rareza histórica; entre nosotros lo normal fueron las disputas por los privilegios, las guerras civiles, los conflictos corporativistas y el miedo a la decadencia. Hasta el último cuarto del siglo XX no conseguimos asentar una democracia aceptable. Pero ya en su primera fase los gobiernos recurrieron a la demagogia de la deuda y al presupuesto con gastos a pagar por los que vengan detrás. La estrechez de miras se prolongó en la etapa socialista, pródiga en realizar los mal llamados gastos sociales y obras de relumbrón a base de endeudamiento. Como los recursos tienen que venir de alguna parte, lo que se hizo fue pujar por el ahorro privado tirando de los tipos de interés. Los efectos son bien conocidos, hundimiento industrial, retracción de la inversión productiva y paro en cifras récord. Pero la última etapa gubernamental se caracterizó por el reajuste, la reestructuración y la estabilidad en el saneamiento. Y lo sorprendente es que una vez contenidos los desequilibrios más graves no se procediera a un nuevo ciclo de electoralismo, a disparar los gastos sin impuestos, al hacer más de lo que se recaudaba. Aznar se hubiera despedido por todo lo alto; como a Perón generaciones enteras lo echarían de menos. Pero siguió en más de lo mismo y el peso del sector publico, aún siendo alto, es el más bajo de la democracia. Por eso la sociedad civil ha podido desplegar nuevas oportunidades de crecimiento y ha llevado este país a niveles de prosperidad sin precedentes. Sorprendentemente España es hoy la afortunada anomalía europea. Baste como botón de muestra mencionar que en Francia el libro referencial es La Francia que declina , de Nicolás Baverez; en Alemania no salen del estancamiento, al igual que en Italia; y la propia Inglaterra anda sumida en la duda. La oposición está desnortada y ha optado por atacar el acierto económico del Gobierno central suscribiendo peligrosas alianzas con los nacionalistas. Si no puedes de frente, ataca por los flancos. El que ganen las elecciones los unos o los otros dependerá de la opinión que tienen de las claves de la prosperidad los españoles con derecho al voto.