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19 feb 2004 . Actualizado a las 06:00 h.LA QUEMÉ porque era mía. Ese razonamiento es un hachazo absurdo y lleva, claro, a que un criminal rocíe de gasolina a su pareja y la intenté reducir a cenizas. Sucedió en Figueres. La rabia del fuego también le alcanzó a él. Era reincidente. A ella le quemó el 45 por ciento de su cuerpo. Él se quemó el 26 por ciento. Había sido detenido cuatro veces en tres años y había quebrantado una orden de alejamiento. ¿Cómo funciona una mente así? Hay que poner más medios, los que sean precisos. Pero no podemos desayunarnos día tras día con mujeres que pierden la vida por culpa de unas malas bestias. Dice la Iglesia que, con el matrimonio de antes, no pasaba tanto. Venga ya. Algunos matrimonios son ceremonias que enmascaran el sufrimiento de ellas, son velos estúpidos para que no veamos la realidad de una mujer que se somete a un hombre, puro machismo leninismo. Las cosas cambian, muy lentamente, y ahora la mujer, la santa, no está para decir sí, señor, para decir amén, para tener la comida lista y traer las zapatillas en la boca como un perrillo faldero, para poner la otra mejilla. Eso molesta a los violentos que creen que casarse es contratar gratis el servicio para la casa, (d)esposar a una esclava. cesar.casal@lavoz.es