DEBERÍA SER evidencia de razón para todo ciudadano lúcido que el actual PSOE bajo el liderazgo (¿?) de Zapatero está inmerso en un grave proceso de descomposición, y si la situación parece lejos aún de la de la extinta UCD se debe probablemente a ese considerable suelo electoral que por las peculiaridades de la historia española del siglo XX conserva pase lo que pase. Zapatero es un secretario general que le debe el cargo a las intrigas de última hora de los Balbases, los Maragaleches y cierta fracción del guerrismo resentido, acunadas por José Blanco una infausta madrugada de su último Congreso. Gentes que probablemente vieron en él el mejor líder posible para campar a sus anchas. El actual proceso de destrucción del PSOE empezó el lamentable día en que se ordenó a Zapatero la defenestración de un hombre honrado y valiente como Redondo Terreros, y se traicionó a muchos de sus heroicos militantes en esa atormentada tierra, intentando arrimarse al PNV. Desde entonces la credibilidad de Zapatero ha caído en picado. Pero no toda la culpa es suya. El PSOE está sufriendo también las consecuencias de un proceso que comenzó cuando renunció a presentarse con su nombre completo, con la E famosa, en Cataluña, País Vasco y Galicia. De quien se avergüenza de su condición, como el infame Rovira de llamarse Pérez y ser hijo de maño, no puede esperarse nada bueno. El PSOE debe refundarse en las tres comunidades para recuperar la credibilidad perdida. Mientras busque las lamentables compañías de separatistas, nacionalistas, comunistas, de los anti sistema , en vez de promover una alternativa digna y creíble para el Gobierno de España, el PSOE no puede ofrecer nada más allá de mentira, infamia e ignominia. Esa infamia e ignominia que un felón como Rovira y un vende patrias como Maragall recubren con la hermosa palabra República, que en vez de significar ya la aristocracia del Espíritu, deviene en felonía y crimen.