No se vayan: queda partido

| FERNANDO ÓNEGA |

OPINIÓN

LA ÚLTIMA encuesta de prensa publicada ("La Vanguardia") es todo un golpe para el partido gobernante: «El PP se aleja de la mayoría absoluta». Ayer, un sondeo de la Cadena SER hurgaba más en la herida: dejaba a Zapatero a sólo tres puntos. Ambos estudios coinciden con los datos que se manejan en el cuartel general de los socialistas y difieren de los que hace dos semanas manejaba el PP: hasta doce puntos de diferencia. «Demasiado buenos», los calificaba en privado un dirigente del partido. No escribiré una palabra sobre el valor final de estos sondeos. Tienen el que cada uno les quiera dar. Pero marcan tendencias, y eso debe inquietar en la calle Génova, porque significa que el panorama electoral vuelve a estar abierto. Mucho más abierto que cuando el diagnóstico apuntaba una inapelable derrota del PSOE. Como suelen decir los cronistas de fútbol de la radio cuando el favorito encaja un gol, «aquí hay partido». En ese contexto cobran especial interés las palabras de Aznar incitando al PP a buscar una mayoría superior a la de 2.000, porque «cuando los equipos que llevan ventaja salen a conservarla, acaban empatando». ¿Será que Aznar, como observador privilegiado, empieza a ver peligros? ¿Será que los sondeos del Gobierno invitan más a la preocupación que al entusiasmo? Sólo Aznar lo sabe. En cualquier caso, además de esas preguntas, hay que hacer otra, fundamental estos días: ¿por qué el PSOE vuelve a subir en las encuestas? Si los datos de gestión económica siguen siendo buenos; si la lucha contra ETA sigue siendo positiva; si Rodríguez Zapatero no es hoy mejor orador que hace un mes; si sus propuestas son igual de malas o de buenas que cuando las presentó, ¿por qué cambia la opinión ciudadana? Hay una tendencia a culpar a Rajoy, por su estilo. Es injusto, por mucho que la acusación esté inspirada y alentada desde las más altas instancias de La Moncloa. Rajoy está haciendo una campaña ejemplar, en beneficio del buen tono, la propuesta sosegada y medida y la crítica dura, pero no descarnada, como corresponde al estilo de esta sociedad. Yo creo que el problema está exactamente en lo contrario: en la credibilidad que le quitan otros comportamientos del poder. Me permito apuntar solamente dos. Uno, la negativa a informar al Parlamento y a la opinión de nuestro apoyo a la guerra de Irak. Una opinión pública que se siente engañada, como la americana o la británica, lo tiene que hacer pagar. Y otro, la obsesión del PP por destrozar al PSOE. Tanta crítica negativa, tanto afán de destrucción, tanto presentarlo como enemigo de la unidad y el progreso, puede volverse contra sus autores. Es una hipótesis. Quizá estemos ante una rebelión contra el voto del miedo.