ME SACA últimamente el periódico con cara de estar festejando algo. No sé dónde habrán encontrado el cliché, pero mal asunto: quien sonríe en las fotos o dice sí señor nunca llegará lejos. Ahora bien, los llorones tampoco. Existe una fotografía festiva de Juan Benet, en Praga, por la que empezó a caerme bien a pesar de lo pedante que era. Sostiene Benet en la mano izquierda una botella de güisqui bastante trabajada, y con la otra mano se agarra a una farola para no caerse; no hay ficción ni manipulación, la fotografía no fue impostada para impresionar a los amigos, por la cara se le nota que, dicen los mejicanos, estaba muy perjudicado. Esa sí que fue una juerga de macho, y no aquélla en la que el fotógrafo inmortalizó a Aznar, rodeado de sus cuates, dándole traguitos a la cerveza, pies sobre la mesa, y tirando compulsivamente de un puro para que no se le notara que no sabía inglés. La fotografía más explotada políticamente en Galicia fue la de Manuel Ferrol que mostraba a un hombre como la copa de un pino cogiendo tiernamente a un niño por el hombro, ambos gimoteando a moco partido. En el martirologio nacionalista, la estampa simbolizaba el sufrimiento que provocaba la emigración, la despedida a los seres queridos, en este caso desde el muelle de A Coruña. Aplicando el manual, los de la cofradía del llanto hicieron de aquella representación bandera exhibiéndola cada dos por tres en sus publicaciones. Nadie supo identificar al hombre, ni al niño, cuyas fisonomías correspondían a un ideal nacional que algunos pretenden indiscutible: cabello lacio, pómulos elevados, arco ciliar muy desarrollado. En suma, cabeza campesina galaico-germánica que convenía perfectamente a la propaganda. Fue una pena que a la muerte de Ferrol el BNG no se hubiera apuntado un tanto en un rasgo de sentido del humor inusual descubriendo, por ejemplo, que el niño era Francisco Rodríguez junto con un compañero de curso, y que lloraban porque no tenían entradas para asistir a un concierto de Pucho Boedo y los Tamara. Si hubieran procedido así, con humor, quizás ahora viéramos a los nacionalistas de forma distinta. En otro contexto, una fotografía también muy explotada con aviesas intenciones, absolutamente premonitoria de lo que iba a suceder poco después, representaba al barbado Julio R. Aramberri en un cóctel radical chic en Madrid; agachado hasta la postración, intentaba arreglar un plisado o sacudir un polvillo, nunca se supo exactamente, de los bajos de la falda de Tita Cervera. Aramberri, famoso líder universitario de la ultraizquierda y profesor de sociología, acababa de ingresar en el PSOE, despojándose previamente de la pana y la bufanda y adoptando el cachemir y la seda. Lo que sucedió poco después, y que la fotografía dejaba presagiar, no hace falta que se lo cuente a ustedes ni a Roldán. No obstante, aún queda por saber si la baronesa Von Thyssen, cansada la pobre de tanto Botticelli y tanto Renoir, como la heredera de los Vanderbilt editará El capital en tirada de quinientos mil ejemplares. Eso sí, en papier glacé y con anotaciones de Aramberri, Boyer y Solchaga. Una fotografía que a mí siempre me resultó muy reveladora, bastante aireada por la prensa gallega, representa a Amancio Ortega entre dos conocidos políticos del BNG. El que habla es Ortega, serio, docto, profesional, concentrado en lo que está diciendo; los otros escuchan atentos con sonrisa de cocker faldero, el gesto obsequioso, servil, las cabezas ligeramente humilladas en señal de respeto, se les nota que están diciendo «sí señor». Ambos competían para presidentes de la Xunta, ¿qué ha sido de ellos? Uno vive del sueldo que le pasa el Estado español por hablar portugués en Estrasburgo; el otro, cuando se quede sin público en los mítines ejercerá de pianista en bodas y bautizos. Es que quien sonríe en las fotos o dice sí señor nunca llegará lejos.