Irak: la callada por respuesta

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

MI PADRE, que era hombre de expresiones memorables en su entorno familiar, solía utilizar una cuando quería señalar que algo le resultaba sorprendente: esto es la descojonación del barroco, decía refiriéndose a la fachada del Obradoiro de la catedral compostelana, pero, también, verbi gracia, a que un sujeto como Ricardo de la Cierva pudiera ser nombrado Ministro de Cultura. Pues bien, ver a ZaPlana acusar a Z.P. de haber cambiado de postura en relación con el regreso de nuestras tropas estacionadas en Irak produce un escándalo similar al que produciría, por ejemplo, oír al célebre ladrón del tren de Glasgow tildar de atracador al ratero que vacía el cepillo de una iglesia. Y es que la desvergüenza de Zaplana sólo puede, indo ó caso , calificarse de un modo que los politólogos deberían transformar con urgencia en un « conceto» : como la desconojonación del barroco, sí señor. El Gobierno de España decidió, en su día, en uso de sus facultades para dirigir la política exterior, que apoyaría la intervención angloamericana contra la dictadura de Sadam apoyándose en informes que demostraban, según su presidente, la posesión de armas de destrucción masiva por el régimen de Irak. Aunque la cobertura de la ONU para esa intervención era jurídicamente inexistente, Aznar tomó el camino más corto para llegar a lo que entonces pensó sería un rotundo éxito político y decidió ponerse del lado de los que, supuestamente, iban a obtener una sonadísima victoria militar. La historia de entonces acá es suficientemente conocida: la guerra se ganó, las tropas españolas acudieron a ayudar en la pacificación, pero la postguerra se pierde día tras día. Y, entre tanto, las armas que habían justificado la invasión no aparecieron. Hasta que, incapaces ya de mantener su mentira por más tiempo, Bush y Blair reconocieron lo que mucho nos temíamos: que las armas no aparecían por la sencilla razón de que no puede aparecer lo que no existe. Pese a la gravedad política de ese reconocimiento, el Gobierno de Aznar ha seguido actuando como si nada hubiera sucedido en las últimas semanas. Ni una rectificación de su actuación, ni un reconocimiento de sus gravísimos errores, ni una justificación de su silencio, nada que no sea acusar de traidor a quien denuncia que en el tema de la guerra de Irak al gobierno le ha desaparecido, de golpe y porrazo, el suelo debajo de sus pies. Pero el gobierno niega el golpe para tratar así de evitarse un gran porrazo. Esa es hoy su política de Estado y su forma de entender la democracia. ¿Y el cambio de posición de Zapatero? Pues una muestra más de que nadie pierde jamás unas elecciones si no hay alguien que esté en condiciones de ganarlas.