SI UN TERREMOTO o un huracán nos dejase un centenar de muertos en solo unas horas, a estas alturas estaríamos compungidos, echando mano de las cuentas corrientes y estremeciéndonos ante la historia del niño que perdió a toda su familia y se quedó solo en la vida. Como el centenar de muertos nos llega en un par de atentados en Irak, a estas alturas nuestra preocupación se centra en conocer si George W. Bush fue o no un buen soldado. En el ejército español, por la misma época en que Bush trataba de evitar Vietnam, se valoraba convenientemente la conducta, el amor al servicio, la disposición, el carácter y el aseo de los reclutas. Y en el apartado dedicado al valor, siempre figuraba el mismo latiguillo: «Valor, se le supone». Al presidente norteamericano, el valor también se le supone. Porque hace falta derrochar valor para asistir impasible a la sangría que la intervención militar que él patrocinó, está causando en el pueblo iraquí. Es una cuestión de valor. De audacia, osadía y hasta de vísperas. Es una cuestión de no quererse enterar de que las condiciones en las que vive hoy el pueblo iraquí resultan insoportables. Desde el final del asalto bélico, va para un año, la situación no ha hecho más que empeorar. Los continuos ataques terroristas, los enfrentamientos entre las minorías religiosas, la falta de seguridad y el incremento de la miseria, nos dibujan un país en fase terminal. En el que no se está actuando con el rigor necesario para sacarlo del caos. Todo indica que los prometidos planes de pacificación y democratización van a la deriva, mientras las tropas militares se limitan a la autodefensa. Puede que Bush no haya sido un soldado ejemplar. Pero fuera de toda duda queda su valor. De lo contrario no se entiende su pasividad ante el despiece de un país que más parece ya un puzle.