Una dulce derrota, con un resultado en escaños similar al de 1996, colmaría las aspiraciones de los socialistas ante las elecciones del 14 de marzo. Después de que el chasco de las municipales y los escándalos de Simancas y Carod hayan devorado la euforia surgida del Prestige y la guerra, el verdadero objetivo del PSOE ya no es derrotar a Mariano Rajoy, sino dejarlo ante un envenenado escenario que le impida consolidarse en el poder y le imposibilite, incluso, terminar la legislatura. Aunque las televisiones y el contagio estadounidense impulsen a concebir la batalla del 14-M como una elección presidencial entre el sucesor de Aznar y Zapatero, la fortaleza que aun conserva el PP y la debilidad que todavía padecen los socialistas provocan que lo que esté en juego sea únicamente cómo va a gobernar Mariano Rajoy: con mayoría absoluta (para lo que necesita 176 escaños); con Coalición Canaria (precisa unos 172) o con la complacencia de los catalanistas de CiU (le bastan unos 160). Estos escenarios tienen, en todo caso, la ventaja de reivindicar el carácter parlamentario de la democracia española. Los socialistas aspiran a colocar a Rajoy ante el tercer supuesto bajo el convencimiento de que CiU, escaldada de sus pactos con el PP y sin la posibilidad de gestionar desde la Generalitat lo que consiga en Madrid, no querrá participar en la gobernabilidad y como mucho se abstendrá. Con el PP en 160 escaños y el PSOE en 140, Zapatero reproduciría el resultado de González de 1996 y se garantizaría la paz interna para el siguiente asalto. «Va a ser una legislatura corta», aseguran en el PSOE. Lo mismo que decían hace ocho años.