Funambulismo y liderazgo moral

| JOSÉ LUIS MEILÁN GIL |

OPINIÓN

QUERAMOS o no, estamos metidos de lleno en campaña electoral. Cualquier suceso que acontezca encuentra una interpretación desde esa perspectiva. La cuerda de acontecimientos y palabras se tensa o se afloja y obliga a equilibrios que convierte a los actores en volatineros. Un conseller en cap del Gobierno catalán se entrevista con unos etarras. Se organiza un gran revuelo. El protagonista reconoce que fue un error. El presidente coincide en el juicio, con la agravante de deslealtad institucional. El secretario general del partido de ámbito estatal al que está ligado aquél conmina a la destitución. La solución se alarga y se alambica. Las explicaciones también. Se encuentra una salida ingeniosa, que tiene derivaciones dispares dentro y fuera de los partidos políticos implicados. La madeja se enreda con imputaciones y descalificaciones y nuevos planteamientos que alcanzan a los servicios de seguridad y su utilización. El presidente de la Generalitat no se atreve a poner en riesgo su cargo. Se fuerza la coherencia. En lo que ha acontecido en la Generalitat ha sobreabundado la ingeniería política y ha escaseado la altura de planteamientos y actitudes. Ha primado el pragmatismo del poder sobre las ideas. Está por ver si a la postre la primacía de éstas, como convicciones, no acaba convirtiéndose en lo más útil cuando se opera en un marco dominado por la necesidad de que crean -confíen- en uno. Recuerdo el primer debate en el Congreso de los Diputados sobre la intervención española en Irak, con las famosas armas de destrucción masiva en medio, que han vuelto a cobrar actualidad. Una ocasión de oro para que el líder de la oposición hubiera pronunciado un discurso de los que consagran a un estadista. Fue una oportunidad desaprovechada en beneficio de la racanería partidaria, que parecía más eficaz. No resultó así, como hubiera ocurrido quizá si se hubiese pronunciado con la mirada puesta en el interés del país por encima del rendimiento electoral. Ahora que el viento podría ser favorable, la capacidad de persuasión ha quedado lastrada por ese mismo peso de coyuntura. También solemnes aseveraciones de entonces. Los actores públicos representan quizá en exceso los papeles asignados en el teatro electoral. Y se encuentran encadenados a coyunturas cambiantes en sus declaraciones, más deudoras de lo que se cree que conviene en este minuto que de la asunción de la realidad. Una entendida disciplina de partido -o un prurito personal- lleva a negar lo que todo el mundo ve, o a distorsionarlo, a desviar la atención contra el adversario o a manifestar lo contrario de lo anteriormente sostenido como si fuese su conclusión lógica. En lugar de reconocer algo tan humano como que no siempre se está afortunado en la expresión, se retuercen las afirmaciones en un funambulismo con la mirada puesta en la red electoral. ¿Es tan difícil manifestar que con los datos que se poseían la decisión adoptada era la más conveniente -aunque como todas discutible- para el interés general? Un «quizá no lo hemos hecho todo bien» o «podríamos haberlo hecho mejor» pienso que ayuda más a un candidato a representar a sus electores que los reiterativos guiones del márketing electoral. La autenticidad -parecer lo que uno es y cómo es-, expresar aquello en lo que uno cree y no sólo representarlo o adaptarlo a cada audiencia, genera confianza. Se nota demasiado el legítimo interés por ganar en la pugna electoral. Incluso alguna gran idea, como la de la cohesión del Estado plural, ofrece esa ganga. Churchill, o Kohl, perdieron elecciones, pero serán recordados como los triunfadores de una gran idea -salvar la locura de Hitler, lograr la reunificación de Alemania-. Por encima de tanto pragmatismo, a veces de laboratorio, es necesario un liderazgo moral . Se echa en falta.