Y CONSTATEMOS, para empezar, una evidencia: que la sociedad ha realizado en estas dos últimas décadas un esfuerzo impresionante de inversión y dotaciones, que hacen que a la universidad de nuestros días no la conozca ni la madre que la parió. Para comprobarlo es suficiente con darse un paseo, digamos, por un juzgado o un cuartel de la Guardia Civil, visitar luego un centro universitario, y comparar. Parece que uno cambiase, no de país, sino de siglo, tal es el contraste entre las fotocopiadoras (o incluso el autocopiativo papel Kores) y el cableado en fibra óptica. Por eso se equivocan quienes, reivindicando mayores dotaciones para la enseñanza superior, se empeñan en decir que la universidad está en una situación calamitosa. ¡No es verdad! Cierto que no disponemos hoy de un Ortega y Gasset o de un Ochoa, pero, en conjunto, tenemos, con diferencia, la mejor universidad de nuestra historia: una universidad que investiga a un nivel desconocido en el pasado, y que presta una docencia de una calidad equiparable a la de las universidades con las que podemos razonablemente compararnos. La cuestión no está, por tanto, en si la universidad es ahora buena o mala -pues es, probablemente, de las mejores a la que podía aspirar un país con nuestros medios-, sino en si va a seguir siéndolo en el futuro previsible. La respuesta a esa cuestión depende sobre todo de un factor: que los poderes públicos asuman, o no, el compromiso de seguir esforzándose en mantener una universidad de buen nivel. ¿Que por qué habrían de hacerlo? Pues porque ello influirá, más que cualquier otro factor manejable desde la política gallega o española, en el desarrollo de Galicia. Por eso el debate sobre la financiación universitaria que ha puesto sobre el tapete la crisis económica que atraviesan las universidades gallegas no es el que la Xunta está irresponsablemente interesada en plantear: la universidad, se nos dice, debe abrocharse el cinturón pues, vista la caída constante del número de alumnos, sólo le esperan malos tiempos. Es un planteamiento indigno de quien tiene conferida por el pueblo la responsabilidad de tomar las decisiones oportunas para que el inmenso esfuerzo realizado por los contribuyentes en enseñanza superior no acabe yéndose al garete. El presidente de la Xunta y el conselleiro de Educación saben muy bien que ahorrar en la universidad, reduciendo su capacidad de contribuir a la investigación y al desarrollo, puede ser ahorro para hoy, pero es hambre para mañana. Pues lo que está en juego no es, como dicen algunos demagogos, el presente de un grupo reducido de profesionales del oficio, sino el futuro del país.