EN BARCELONA tiene lugar un congreso de médicos psiquiatras para estudiar la ansiedad. Los científicos saben ya que esta patología afecta a un tanto por ciento muy elevado de la población y en igual proporción de hombres y mujeres. Conocen, igualmente, que la forma más efectiva de combatirla, de momento, es la prescripción de ansiolíticos por mucho que éstos creen dependencia, tal como se ha venido demostrando. Es normal que se prefiera la dependencia a un fármaco que el sufrimiento que conlleva un ataque de pánico, una imprevista taquicardia o la agorafobia. Lo novedoso de esta patología es la manera acelerada de aumentar en nuestras sociedades modernas: niños, adolescentes, jóvenes, adultos y abuelos, vengan de la clase social que vengan, la padecen. Estamos ante una especie de epidemia muy democrática cuyas consecuencias no se han estudiado ni debatido lo suficiente. Estamos ante una enfermedad mental que con demasiada facilidad se somatiza hasta el punto de degenerar en cáncer, cardiopatías, enfermedades musculares y por supuesto la inquietante depresión. Según el diccionario de la RAE, ansiedad viene del latín anxietas y es un «estado de inquietud o zozobra del ánimo». Es decir, el ánimo zozobra puesto que al inquietarse rompe el círculo natural de su quietud. Quietud no significa encerrarse en el silencio o en la nada. La quietud es un escenario donde cada una de las cosas que lo pueblan tiene una armonía propia, una sintaxis perfecta con el resto. No será porque sí que cuando damos con ese instante preciso, nos sale de adentro un respirar profundo como una expiración de ese Mal que nos desasosiega, que nos lleva a zozobrar al tiempo que como si de una oración se tratara nos sale exclamar: ¡Qué respiro! ¡Qué quietud! Naturalmente que todos tenemos inquietudes y mal nos iría si no fuera así. Ocurre que en los tiempos que corren hay que ejercitar mucho la musculatura del carácter, y no sólo la del cuerpo hedonista, para no formar parte de un colectivo de individuos frágiles que colocan la diversidad de sus emociones a disposición de las cifras de su cuenta corriente o de su parcela temporal de poder y que, aunque no lo parezca, es lo mismo que ponerlas en contra de uno mismo. Hasta que no consigamos ser buenos gimnastas de la mente hemos de consolarnos siendo drogodependientes de los ansiolíticos. Humildad lo llaman.