Chirac, ante la Historia

| MANUEL MARLASCA |

OPINIÓN

LA PENA DE 18 meses de cárcel sin ingreso en prisión y la inhabilitación de diez años para ocupar un cargo público a las que ha sido condenado Alain Juppé, mano derecha de Jacques Chirac durante su mandato como alcalde de París, primer ministro en cuanto Chirac conquistó la presidencia de la República y ahora presidente de Unión para la Mayoría Popular, refundación del RPR, sienta también al Jefe del Estado francés en el banquillo de la Historia -con mayúscula- ya que, en cuanto presidente que es, Jacques Chirac no puede ser juzgado por los jueces salvo que se le acuse del delito de alta traición. Se ve ahora, en todas sus dimensiones, lo que para él supuso la derrota del socialista Lionel Jospin en las presidenciales del 2002, desplazado a la tercera plaza de la primera vuelta por el ultraderechista Le Pen, que veinticuatro horas antes del plazo para presentar su candidatura no contaba con las quinientas firmas de políticos que tuvieran mandato popular (que hubieran sido elegidos, en definitiva) que exige la Constitución francesa (es probable que algún día sepamos quién le ayudó a conseguirlas y por qué). Escribí entonces en estas mismas columnas que Chirac había pasado del banquillo de los acusados, que le esperaba en caso de no ganar las presidenciales, a ser el presidente elegido por mayor número de franceses (más del 80 por 100 de votantes), convertida la segunda vuelta en un plebiscito no a su favor, sino en contra de Le Pen. Se hubiera sentado Chirac en el banquillo por los mismos casos de corrupción por los que ahora ha sido condenado Juppé, al que el presidente francés se apresuró ayer a prestarle público apoyo, calificándole poco menos que de crisol de todas las honestidades. Pero la sentencia condenatoria prueba que en el Ayuntamiento de París se crearon empleos ficticios -salvo a la hora de cobrar las jugosas nóminas- para importantes militantes del RPR, un partido creación de Chirac que acabó revelándose como herramienta definitiva para acceder a la Presidencia de la República. Así que cuando el presidente francés defiende a quien todos consideraban su delfín para las elecciones del año 2007, lo único que hace es defenderse él, por más que, de momento, el banquillo de la Historia sea más confortable que el del tribunal que ha condenado a Juppé.