LAS UNIVERSIDADES no han estado muy vinculadas a los problemas de la sociedad gallega, pero el oleaje de sus encrucijadas los ha devuelto, cual vertidos contaminantes, a la enseñanza superior. Cada vez hay menos alumnos, han sonado todas las alarmas, se avecinan tiempos de reestructuración y reconversión, de conflictos manifiestos y larvados sobre quien pagará los costes del ajuste. Volviendo la mirada atrás lamentamos la miopía confiada cuando se propuso un crecimiento generalizado y desproporcionado de la oferta de centros y titulaciones. No se pensaba en las restricciones, al fin y al cabo la enseñanza se financia con fondos públicos que no paga nadie identificado. También podremos quejarnos, por el lado de la demanda, de que nuestros conciudadanos no quieran reproducirse y no traigan hijos a Galicia en cuantía suficiente para mantener el sistema educativo. No vienen suficientes niños con una matrícula debajo del brazo. Desde hace tiempo es modernista, sino progresista, no cargarse de descendencia; eso quedaba para carcas, carrozas, gente religiosa y despistados de la historia. Pero benditos esos reaccionarios que nutrían con su prole las aulas en las que los profesores legitimados en los circuitos de selección internos cambiamos las creencias de los alumnos y los convertimos en ciudadanos airados socialmente y ajenos vitalmente a la primera cuestión nacional, cual es la continuación del pueblo. Pocos se atrevieron a ir contra corriente, casi todos asumimos el paradigma progre, culturalmente correcto. Y descuidamos en nuestros análisis la aritmética elemental de la reproducción humana de Galicia. Deseamos que todo el monte pudiera ser orégano, que nuestra ceguera voluntaria ante los problemas de la natalidad la subsanaría la entrada de inmigrantes. Incluso la racionalizamos adjetivando como solidaria nuestra necesidad de su afluencia. Pero los necesitados de otras tierras no vienen a Galicia en cantidad y composición óptimas; apenas traen hijos matriculables, y los trabajos que les reservamos son de baja renta y estatus. Ninguna de sus coordenadas sociales facilita que sean un ejercito de reserva capaz de compensar la languidez de la demanda universitaria interior. Por eso el viejo modelo está haciendo aguas y cada vez irá a peor. Hagamos autocrítica sincera y trabajemos unidos. Sin echar balones fuera ni buscando chivos expiatorios a quien cargar las culpas. Es momento de propuestas alternativas integradoras, de creación de un nuevo modelo universitario competente, reordenado, austero, riguroso y responsable. Alumnos, profesores, administración, agentes políticos y sociales y todo el que quiera aportar algo, debemos proceder a elaborar un nuevo modelo universitario gallego, sellar un verdadero pacto constitutivo que recupere a las universidades como uno de los órganos fértiles de Galicia. Sin peleas a garrotazos, aprendiendo de la experiencia.