La intimidad de Cascos

| ERNESTO S. POMBO |

OPINIÓN

30 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

EN SU APARATOSO y colorista anuncio de despedida de la vida política, el ministro Álvarez Cascos, antes de citar a Jovellanos y a otros clásicos, pidió, «en nombre propio y en el de los míos», respeto para la vida privada. Para su intimidad. A partir de entonces se ha abierto un amplio debate sobre si el ministro tiene derecho a plantear tal exigencia, sobre todo si se analiza la trayectoria pública que ha venido protagonizando. Al igual que Aída, Dinio, Yola Berrocal y Andrés Pajares, Álvarez Cascos quiere blindar su intimidad. Pero no le va a resultar fácil. Porque es difícil conseguirlo cuando utilizas una Delegación del Gobierno para fines personales. Cuando te acompañas de esa intimidad en actos públicos. Y cuando inviertes fondos estatales en la adquisición de obras de arte en la galería que dirige esa misma intimidad. Garantizado como tenemos los españoles el derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen, sabido es también que todo personaje público corre el riesgo de ser objeto de informaciones y opiniones sobre su gestión y su vida privada. Porque la exhiben. Porque gustan de alardear de ella. Y no ha sido Cascos precisamente un ejemplo de discreción. Todos estamos en disposición de decir de carrerilla los nombres de las distintas intimidades de Álvarez Cascos y somos incapaces, en cambio, de decir uno sólo de Rato o de Montoro, por ejemplo. Cascos no apeló antes a su intimidad. Nos la presentó en público cuantas veces quiso. Lo hizo cuando celebró ostentosamente su boda con Gemma Ruiz en Córdoba. Y cuando quiso que conociéramos a María Porto. Como en otras muchas ocasiones. Sin embargo, ahora pide que se respete lo que él ha aireado y exhibido públicamente. El respeto a la intimidad hay que ganárselo. Y no parece que sea el caso.