HABÍA UNA VEZ un hombre que soñaba que era un gato que a su vez soñaba que era un hombre. Al despertar no sabía si era un hombre o un gato. Sirva la vieja historia como ejemplo para verificar hasta dónde puede enmarañarse nuestro cerebro si damos por buena la desorientación tras perder el rumbo y, por si no bastara, ser incapaces de admitirlo. Resulta fácil perderse. Perderse para habitar en un limbo en el que a nadie se le pide cuentas. La desorientación es un eximente y el limbo el patio de recreo de los carcamales cuando se da la circunstancia de que son muchos los que coinciden en ese mismo territorio creyéndose Platón a punto de banquete. Desorientarse tiene estas cosas: uno se cree Napoleón y lo encierran por loco. Cuando ya somos todos los que nos creemos Napoleón, al único que hay que encerrar es al psiquiatra. Por ello resulta conveniente ejercer de Pulgarcito que, al menos, tomó la precaución de ir dejando piedras en el camino para no perderse del todo y, aunque está muy claro que puestos en la balanza poco pesa el personaje del cuento contra el personaje histórico, puesto que, ya locos, todos nos asignamos el papel de éste último y nunca el del pobre niño, yo salgo por piernas de este envite de entrepiernas al que, cual religión fundamentalista, se ha entregado mi país, aun a costa de que se burlen al verme convertida en Pulgarcita (en femenino para que las de religión feminista fundamentalista no se enfaden y me tachen de intolerante, que lo soy porque hay cosas que no tolero), recogiendo piedras mientras la mayoría contempla la multiplicación de sus panes y sus peces gracias a que a un ministro del régimen le dio por tercera vez la taquicardia en la entrepierna, a otro mandatario de casi el mismo régimen le dio por hacerse la cirugía estética, a un alcalde facha por enamorarse de una tonadillera o a la muchacha anónima por hacerse puta para librarse del contrato basura temporal. Yo no he venido aquí para eso y no quiero formar parte de una secta de condenados a mirarse en espejos que sólo reflejan el estado de las arrugas en los genitales. Puede que ésta sea, precisamente, mi propia condena, aunque no pierdo la esperanza de saberme acompañada en mi trayecto hacia mi propia Ítaca, de personas que, como se dice en Moby Dick , «estamos en este mar para matar ballenas y ganarnos la vida y no para que ellas nos maten y asegurarse la suya».