Lección 1: mejor irse antes de que te echen

| LUIS VENTOSO |

OPINIÓN

21 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

SE MARCHA Aznar, entrampado en su propia promesa de irse, y llueven los balances. Se va ensoberbecido y con unos números económicos irrefutables (antipático o no, el tipo cogió el paro en un impresentable 22,9% y lo deja en el 9,4%). Ha acertado a acogotar a la troglodita ETA como nunca antes, pero a pesar de ejercer de nacionalista español no ha sabido cerrar (¿o ha abierto?) la caja de pandora del modelo de Estado: del plácido café para todos de la Constitución se ha pasado al carajillo con resaca de Carod e Ibarretxe. Pero es notable que en esta hora de balance se hable tan poco de la Lección nº 1 que lega Aznar: mejor irse antes de que te echen. Si cuajase en todos los cargos públicos el ejemplo de no atrincherarse más de ocho años en el sillón, la democracia española recibiría el fregoteo con lejía que empieza a exigir. Ocho años es un plazo cabal: da tiempo a desarrollar las ideas con las que se llega al cargo y, a menos que estemos ante un pícaro, la moral se mantiene lo suficientemente musculada como para no enchorizarse en las mieles del ladrillo, los favores y las comisiones. Fenómenos como Moncho el de Sada, el nepotismo del sistema pujolista , el modelo PRI del PNV, el sainete del último Felipe o la inercia crepuscular que vive Galicia se habrían evitado con retiradas a tiempo de líderes que se pretenden imprescindibles. Si un genio del nivel de Churchill sólo gobernó de 1940 a 1945 y de 1951 a 1955, ¿qué hacen referentes europeos como Ibarra, Bono o Moncho perpetuándose más de 20 años en el poder? Es más sano y elegante irse bajo el sol que hacerlo cuando truena, como le ocurrió ayer a Cascos. El ministro, que es un buen técnico, se retira azuzado desde la prensa próxima a su partido, que lo acusa de un supuesto caso de corruptelas a favor de una galería de arte que rige su nueva novia. Entristece ver salir por la puerta trasera a un político distinguido con premios como el Chirimoyo de Oro (que acudió a recibir presto en las mismas horas en que el Prestige se despanzurraba contra las costas de Galicia), o la medalla de Oro de Galicia, justo galardón a la gestión de su ministerio en la génesis de lo que él mismo bautizó como «nuestro particular Chernóbil».