ENARBOLANDO la divisa de la casa de Jorge Manrique - Ni miento, ni me arrepiento - emprendo una colaboración que regulariza mis hasta la fecha esporádicos artículos en este diario. Creo, por tanto, que lo mejor es que informe al lector de donde vengo y hacia donde voy. Para ello, empezaré recordando un famoso aforismo de Pitigrilli -«Principiamos de pirómanos y terminamos de bomberos»-, aunque en el caso de Pío Moa no es seguro que se cumpla habida cuenta de los devastadores incendios que su madura lucidez provoca en los de por sí asolados páramos del criogenizado dogma historiográfico. Desde el colegio soy amigo suyo, si bien más ahora que antes pues, lejos de considerarlo bombero traidor, estimo que, al adrizar su vida, el riesgo en que incurre actualmente sólo lleva aparejado el sacrificio de su propia honra. A contracorriente del gremio intelectual pero a la par que los mejores, asimismo traidores según el canon progresista -Otero Novas, Defensa de la nación española ; Alonso de los Ríos, La izquierda y la nación ; Savater, Mira por dónde - Moa transita por un luminoso vía crucis de autocrítica personal y desmitificación razonada de los tópicos que nutren al nacionalismo, haciendo especial hincapié en los avatares de la Segunda República. Espero que su reciente libro, Federica Montseny , escrito en binomio con Antonia Rodrigo, merezca reseña honesta porque habiendo dejado atrás el perihelio de nuestras menguantes vidas, maldita la gracia que nos hace, a estas alturas del cosmos, el linchamiento mercenario o la hagiografía servil. En lo que me concierne, aun compartiendo en mayor o menor grado el Weltanschauung de los precitados, no estoy dispuesto a la autocrítica y arrostro pasado y presente como un todo -modestia aparte, en esto me parezco a Fraga- toda vez que cada cual debe cargar con su destino. Supongo que la biografía de Montseny servirá a los instalados en el confort moral -tan garantistas y comprensivos para con los asesinos y portamaletas adjuntos que llegan a calificar de «involución democrática» la digna gobernación que estamos viviendo- para avalar las recurrentes acusaciones de traidor con las que me bombardean desde la doliente procesión guerracivilista que les hace las veces de chiringuito ideológico. Así, corre por ahí que mi personal criterio, perdón, mi odio al nacionalismo gallego proviene del demorado resentimiento de haber sido expulsado otrora de la UPG, en París, cuando la prosaica verdad es que me marché yo solito cansado de ser el único que pagaba las cotizaciones, con las que se organizaban grasientas misas negras presididas por totémicas cacheiras de porco : devoradas a dos manos y en agosto. Me fui directamente a la CNT, más de paella y muy tolerante con los golfos, de donde extraje enseñanzas cuya transcripción parcial a partir del libro de Moa resumo aquí: «[Federica] puso mucha ilusión en nosotros, los jóvenes, pero le fallamos; unos por culpa de los porros, otros porque la vida nos aburguesa, los más porque somos anarquistas pero detestamos el desorden». Y confieso sin sonrojo, divisa obliga, que aunque no muchos fumé petardos, me aburguesé y sigo siendo un anarquista que detesta el desorden. En cuanto al resto, visto el nacionalismo que viví y el que estamos viviendo, también hago mío el epitafio de Alcibíades para que, por fin, puedan acusarme con fundamento: «Patria mía, si volviera a nacer volvería a traicionarte».