LA SECUENCIA es netamente fílmica. Parece sacada de una película de Ferrari o del mejor Berlanga. Si no resultara tan cruel como patética, reflejo directo de la crónica más vil y negra de una España que está mudando de hábitos, nos parecería incluso cómica. A saber. Una anciana es abandonada en una calle de Barcelona. A su lado dejan una silla y una maleta. La mujer tiene ochenta y seis años y padece demencia senil. La mujer había parido doce hijos, y emigró desde su pueblo manchego a Barcelona, donde residían dos de sus hijas, que no se pusieron de acuerdo para repartirse la custodia. Toda la vida de la mujer estaba junto a ella. Toda su vida, su presente y su pasado cabían en una maleta. En su cabeza se había instalado el olvido y la desmemoria y la vejez habitaba en su cuerpo que quiero imaginar menudo y enjuto. A los seis meses de este episodio la anciana falleció. En muchas ocasiones los viejos se mueren de tristeza, que sin duda alguna es la peor de las enfermedades. Es posible que en el desorden de sus pensamientos se ubicara el desafecto familiar, no pudiendo superar el abandono. Cuando la dejaron sola, comenzó a morirse. Doña María, que ese era su nombre, murió cuando ya no le quedaban recuerdos y de su corazón volaban los latidos buscando la patria de las caricias. Esta semana un juez sancionó con una multa de doscientos cuarenta euros a cada uno de los cuatro miembros de una familia por el abandono de la abuela, según recoge una sentencia de la Audiencia provincial de Barcelona. España está cambiando su vieja estructura campesina por la vorágine de una sociedad urbana y desnortada. En la España de este nuevo milenio hay casi un millón y medio de ancianos que viven solos; la mayoría son mujeres. En la España de hoy todavía se confunde la caridad con la asistencia pública, esa que no es capaz de garantizar la sociedad del bienestar. Todavía está por recorrer el trecho que va desde el asilo hasta las residencias. España es, pese a las proclamas de riqueza de Aznar, una sociedad pobre, incapaz de financiar el coste económico de una tutela moderna y eficaz para nuestros viejos. Las familias son el amparo más adecuado y recurrente pero también el más insolidario por parte de los poderes públicos. No eran los doce hijos de doña María quienes por turno se ocupaban de su madre. Sólo dos hijas eran responsables -o irresponsables, como luego se comprobó- de cuidarla. Yo no sé si cuando la anciana estaba en plenitud de facultades se ocupó de buena parte de las tareas domésticas en los hogares de sus hijas, de cuidar y criar a alguno de sus nietos, de colaborar con su pensión en la economía familiar. Lo que sí sé es que, cuando no pudo ejercer su papel de madre, fue abandonada a su suerte junto a una silla y una maleta. Al menos eso parece claro, tan nítido como lo barato que para un juez resulta abandonar a un familiar directo y enfermo. No debo escribir aquí lo que pienso, pues me pueden condenar por desacato. Mientras tanto, celebro vivamente la propuesta de sanción de multa de cuatro mil quinientos euros a un ciudadano residente en Ciudadela por haber abandonado a su perro. Lo ejemplar de esta sanción propuesta no borra la mezquindad de la audiencia provincial de Barcelona. La anciana abandonada sufrió el escarnio de una sentencia que conlleva una sanción veinte veces menor que la multa del perro. No quiero ni debo hacer comparaciones. Existe una leyenda urbana de ancianos abandonados en gasolineras. No me consta, pero yo sí he visto a muchos canes desorientados deambulando por áreas de servicio. Ancianos tratados como perros y perros aprendiendo a vagabundear son una metáfora de nuestra sociedad incivil. Ojalá sólo sea una anécdota.