UNA TRISTEZA. El imperio norteamericano se nos está viniendo abajo. Los auténticos tejanos Levi¿s se fabricarán en Asia. La Coca-Cola pierde mercado. Las hamburguesas ya no son lo que eran. Michael Jackson se ha convertido en un delincuente. Los helicópteros se caen solos en Irak. El dólar no se sostiene en pie. La Cumbre de las Américas le ha perdido el respeto. Y George W. Bush es un mentiroso. Todos los iconos de la sociedad norteamericana, todos nuestros grandes mitos, se nos están desplomando. Ya teníamos bastante con que las minorías anden atosigando a las mayorías y con que el país es incapaz de hacer frente al problema del desempleo. Pero ahora llega el ex secretario del Tesoro norteamericano, Paul O¿Neill y asegura que Bush comenzó a planear la invasión de Irak poco después de acceder a la presidencia. Y con esto ya se nos desmorona todo. Hasta el imperio. A los peatones españoles nos habían dicho que la devastación de Irak respondía a la amenaza que entrañaban para la seguridad mundial sus armas de destrucción masiva. Pero resultó que no era cierto. Más tarde nos hablaron de los vínculos con Al Qaida. Y tampoco era cierto. Después de sus conexiones terroristas. Y, en fin, de un panorama que se ha ido diluyendo con el tiempo hasta quedar en nada. Homero dejó escrito que el que ama la guerra es un hombre sin ley, sin hogar y sin lazos de familia. No siempre. Bush, que ama la guerra, defiende los lazos familiares. Porque después de tantas justificaciones huecas, sabemos la auténtica causa de la iraquí. La ha dado Paul O¿Neill. George W. Bush no accedió a la Casa Blanca con la pretensión de hacer una sociedad más competitiva. Lo hizo con la de atacar al país que había ridiculizado a su papá. Esa es la razón. Ahí tenemos la evidencia concreta que reclamábamos.