CARLOS G. REIGOSA
12 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.A LOS medios de comunicación les debemos el efecto multiplicador del conocimiento que tenemos de los desastres que ocurren en el mundo. Como consecuencia de este conocimiento, les debemos también el miedo a que alguno de esos males nos afecte o a que todo el tinglado se nos venga abajo. Terremotos, devastaciones, hambrunas, terrorismos, delincuencias, corrupciones, etcétera, van dejando en nosotros una secuela cada vez más honda de escepticismo o de pesimismo, sin duda porque, al mismo tiempo que sabemos de las calamidades, aceptamos que no está en nuestra mano atajarlas. Los único que nos queda es seguir recibiendo cada vez más información sobre las catástrofes que inevitablemente se producirán. Políticos como Bush han encontrado un gran vivero de votos en este miedo generalizado y lo explotan sin contemplaciones. Pero también algunos intelectuales nada sospechosos parecen recrearse con el anuncio de más adversidades o infortunios: economistas que vaticinan convulsiones sociales, o cosmólogos, como John Barrow, que consideran probable que nos impacte un cometa similar a los que modificaron nuestra evolución. Es como para dudar de las ventajas de estar bien informado.