HA SIDO como el chupinazo para el comienzo de la campaña electoral norteamericana. Una base estable en la Luna y un viaje con tripulación a Marte; pero en la cara oculta de Selene, un déficit fiscal de 500.000 millones de dólares. Todo magnífico, más que simplemente a lo grande; todo desmesurado, sueños y realidades, si se miden con parámetros convencionales, o con referencias distintas a las específicas de EE.?UU. Que aquello es otra cosa. El formato de nueva frontera , dentro del que se proponen las iniciativas espaciales, pertenece a las ya establecidas invariantes de la actual Casa Blanca. No olvidemos que Bush arrancó su mandato con una nueva edición de la guerra de las galaxias , o la defensa nacional a través de la bóveda espacial. Aquel sueño de seguridad se vino abajo, con las Torres Gemelas, el 11-S. Salieron de ello las guerras de Afganistán y de Irak. Se cierra el círculo y, para las urnas de noviembre, se vuelve a la Luna y las estrellas. Mirando a lo alto, el electorado reparará menos en lo que tiene enfrente con la posguerra de Mesopotamia. El relanzamiento de la aventura espacial no encontrará el freno en el montante del déficit presupuestario, dada su especialísima naturaleza: en nada parangonable a la de ningún otro caso. Es el resto del mundo quien fía y da crédito a EE.?UU. para que siga tirando del carro global, dada su condición de locomotora económica de la Tierra. A mantener esa confianza y sostener ese crédito inconmensurable, ofreciendo multilateralidad dónde se percibía hegemonismo, iba dirigido el importante artículo que Foreign Affirs le acaba de publicar a Colin Powell, el secretario de Estado. La potencia del sueño espacial norteamericano parece directamente soportada por su capacidad universal de endeudamiento. Confía el mundo más en EE.?UU. que los votantes en su presidente. Aunque lo reelijan.