CUENTA el presidente de Castilla-La Mancha, José Bono, que el alcalde de Valdepeñas le envió una felicitación navideña en la que le deseaba «claridad en la lengua» para el nuevo año. Un original y oportuno deseo teniendo en cuenta que en este invierno electoral los políticos se suelen ir de la lengua más de lo normal. La lengua es el instrumento que utilizan las personas en general para entenderse y los políticos en particular para desentenderse . El consejo del alcalde sobre la claridad en el sonido que articula la lengua, que se conoce como la palabra, es una aportación novedosa a la extensa gama de interpretaciones que sugiere la lengua, según se utilice, y que casi todas ellas tienen aplicación en el escenario político.(Antes de seguir, nobleza obliga, quiero dedicar esta reflexión a doña María Moliner, cuyo diccionario es un monumento a la Lengua). En estas horas revueltas, previas a las elecciones generales, los políticos hablan por los codos, con recancanilla o cachondeo cuando se refieren al adversario o énfasis altisonante cuando glosan sus virtudes. Dejan a un lado el pudor y la prudencia y dan suelta a la lengua, ofreciendo promesas con ligereza y no se muerden la lengua para desacreditar al contrincante. Hay políticos que podrían clasificarse por el uso que hacen de sus órganos linguales. Por ejemplo, José María Aznar tiene la lengua afilada. Manuel Fraga, habla con lengua estropajosa. Mariano Rajoy habla a media lengua. Rodríguez Zapatero, se expresa con lengua partida. Llamazares se va siempre de la lengua. Alfonso Guerra es el paradigma de lengua viperina. Francisco Vázquez no se muerde la lengua. Maragall emplea un doble lenguaje... etcétera. La pregunta es: ¿a quién se le podría atribuir lo de «claridad en la lengua»? En el actual panorama político, a nadie. El consejo del alcalde manchego iba destinado a su presidente, quien, posiblemente influenciado por el espíritu navideño, habló con claridad de solidaridad, de la idea de España sin reservas, como la interpreta la Constitución y la mayoría de los ciudadanos la entienden, desmarcándose del programa del festival político de su partido. Pero esa claridad sólo es un espejismo, porque en la contienda electoral se impone la ley de la trinchera y a callar la boca. Si los políticos aplicaran el sano consejo de hablar con claridad y libertad sobre lo que prometen, argumentan y razonan -demasiados supuestos- y lo expresaran de manera inteligente, las elecciones serían un periodo de renovación del talante democrático y todos hablaríamos bien de nuestra clase política e incluso ellos también hablarían bien de sus adversarios... Una quimera. La realidad, sin embargo, concede prioridad a irse de la lengua, a sacar la lengua al prójimo adversario y a prometer maravillas en discursos desgañitados, que dejan con la lengua fuera y seca a los voceros y desconcertados a quienes sólo entienden el ruido de las palabras salidas de lenguas desatadas. Hablando se entiende la gente, decía el Rey de España en navidades a un republicano declarado. Hablando con claridad a la gente es el matiz que distingue al personaje público responsable del bocazas oportunista. Feliz claridad en este año del gran jaleo.