Marcos y la izquierda de discoteca

| JOSÉ MARÍA CALLEJA |

OPINIÓN

DIEZ AÑOS después de que surgiera el denominado Ejército Zapatista de Liberación Nacional, todavía hay autodenominados intelectuales de la izquierda europea que entran en resonancia al mentar las siglas y citar a su líder, Rafael Guillén, más conocido por su apodo: subcomandante Marcos. Es como si se sintieran revolucionarios de discoteca: apoltronados como están en el establishment , cobrando medillo millón de pesetas por conferencia, durmiendo en hoteles de lujo cuando viajan, ganando opulentos sueldos, pero con una esquina en su corazoncito para acariciar la pipa del subcomandante como si ellos fueran los encapuchados, para tararear a desalambrar, a desalambrar mientras se calzan un Cardhu . Ante frases propias de un ejercicio de redacción adolescente hay hombres y mujeres, hechos y derechos, aunque verbalmente de izquierdas, que se emocionan, que vibran con ese chute de nihilismo y verbo naif . Vázquez Montalbán llevaba lomo de Guijuelo al subcomandante y se hacía, orgulloso, fotos con él; José Saramago levitaba en Lacandona, como antes flotó en las limusinas que ponía a su disposición Fidel Castro; Oliver Stone -autor de un vomitivo documental sobre el dictador caribeño- veía en los zapatistas la reencarnación del castrismo en el continente, y, en estas mismas páginas, Ignacio Ramonet definía a los zapatistas como indios «que levantan la cabeza después de cinco siglos de sumisión, de resistencia silenciosa y de rebelión aplastadas(¿) que empuñan las armas para tomar la palabra y no el poder». No tengo nada claro que ninguno de los citados fuera capaz de vivir como vive ahora -o ha vivido, en el caso de Montalbán- en el presunto paraíso que podría crear Rafael Guillén en el caso improbable de que este iluminado pasara de su aparente utopía a la real pesadilla, como ha ocurrido tantas veces ya a lo largo de la historia. Rafael Guillén ha querido sustituir al Che Guevara en los posters de algunos de los ciudadanos de la opulenta Europa que se sienten de izquierdas. Es un incansable narciso. Tiene vocación de icono, sabe -artículo número uno de la sociedad globalizada- que la imagen es la parte esencial del mensaje y que sin marketing no hay quien se haga un hueco en la siempre densa agenda informativa. Con su pipa, su pasamontañas, su caballo y el toque de modernidad de su micrófono pegado a la boca, el definido como subcomandante Marcos aspira a ser el icono de los revolucionarios del siglo XXI, a cumplir el papel que en su día jugó el Che, a hacerse un huequecito en el alma de la izquierda instalada en todas las ventajas del sistema pero que necesita cada cierto tiempo un toque de utopía, una emoción a la que agarrarse, siempre y cuando quien la proponga no pretenda establecerla en el país de residencia del soñador mediopensionista. Una vez más se repite el mismo esquema: ciudadanos universitarios, hijos de la burguesía, educados en la opulencia económica y educativa, juegan a hacer la revolución con un puñado de indígenas suficientemente desesperados como para creerse cualquier mensaje que anuncie la salvación, sea del subcomandante Marcos o el de los testigos de Jehová . Cuarto y mitad de populismo, unos lingotazos de indigenismo, tres lecciones sobre los agravios históricos, siempre pendientes e imposibles de resolver, y ya tenemos el proyecto de hombre nuevo, en marcha hasta la victoria final. Más al sur, un revolucionario en plantilla que ya no cumplirá los sesenta, Tirofijo, puso en pie hace años en Colombia un movimiento que era en origen marxista y campesino y que después de difundir durante años el evangelio del odio hoy es un fin en sí mismo y se ha convertido en una partida de narcotraficantes que viven del cultivo y distribución de droga, vuelan pozos petrolíferos, asesinan alcaldes democráticamente elegidos y han convertido al secuestro -3.000 personas sometidas a esa forma de tortura- en una de las principales industrias del país. No sabemos si el tal subcomandante podría derivar en semejante orgía de sangre, pero será mejor no dar pábulo a ciertos experimentos que conviene hacer sólo con gaseosa. En México a Marcos se le ha acabado el glamour ; fue darle una vuelta al ruedo mexicano en autobús, y con amplia cobertura de los medios de comunicación, para que perdiera todo el halo revolucionario que le alimentaba. Pasa a muchos fantasmas: no soportan el contacto con la realidad. Posiblemente el hombre de la pipa que vive entre brumas es hoy una referencia más valorada por cierta izquierda europea que por los propios mexicanos que, como dicen algunos de ellos, han pasado de denunciar a los corruptos, como Gortari y otros, a estar hartos de los pendejos, como Fox. El discurso del subcomandante Marcos está hecho de lugares comunes, de frases construidas como parábolas para niños, de recetas tipo catecismo del padre Astete; no lo quieren los propios mexicanos y tampoco estarían dispuestos a vivir bajo su liderazgo aquellos que con un pellizco de melancolía y una tonelada de doble moral parecen añorarlo.