CELTA y Deportivo disputan hoy su partido 55 en Primera. Como cada año, las autoridades y algunos directivos (no todos) hacen votos para que este sea, por fin, el «derbi de la concordia», el encuentro que hermane a las dos grandes aficiones gallegas. Pero en realidad, todos sabemos que el «derbi de la concordia» es una hermosa quimera. Cuatrocientos policías tomaran esta tarde Balaídos para evitar que los vándalos de ambas hinchadas se enganchen. A lo largo de los 90 minutos, se corearán insultos de gravísimo calibre en ambas direcciones. Al final del partido, los hooligans de un bando se quedarán enjaulados una hora en su grada para evitar que los radicales del otro lado los vareen a la salida. Como gallegos, hubo un tiempo en que nos desazonaba tal rencor entre paisanos. Hoy hemos aprendido a relativizarlo. Galicia no es el fútbol. Vigo tiene 292.000 habitantes; si el Celta convoca a una media de 25.000 parroquianos, nos sale que sólo el 8,6% de la ciudad se moviliza para acudir al campo (en A Coruña pasa algo similar). La relación entre vigueses y coruñeses no se puede medir con el visceral termómetro del balón. El derbi de la concordia existe, pero se disputa en las oficinas, las calles y los cafés de ambas ciudades. A poco más de una hora de coche, A Coruña y Vigo se alimentan mutuamente. Cada vez son más frecuentes los traslados de trabajo de una ciudad a otra, las salidas de farra en la urbe vecina y las relaciones afectivas que tienen como cordón umbilical la A-9. Los vigueses que viven en A Coruña y los coruñeses que habitan en Vigo se mueven en ámbitos cordiales, cómodos, y perciben que son muchísimas las similitudes de estas dos poblaciones costeras de similar perfil. Por suerte la vida es más cuerda que el fútbol, donde se puede ensalzar como grandes gestores a directivos que incurren en deudas que en la economía real supondrían la extinción fulminante de sus empresas.