«Sheng Tan Kuai Loh»

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

¡AHÍ VEN O Chino! Eso decían en mi pueblo jóvenes y viejos cada vez que veían acercarse a aquel oriental de edad indefinida que un buen día apareció en el bar Puerta del Sol y pidió, por señas, que le sirvieran una copa de Licor 43 . El chino hablaba en chino, claro está, y disparaba su jerga a una velocidad vertiginosa y con un tono tan airado que así, al pronto, cuando se le veía, por ejemplo, en el almacén de coloniales, uno no sabía si quería comprar cien gramos de chorizo o faltarle a las dueñas del buchinche. Sin embargo, superados todos los prejuicios, muy pronto pudimos comprobar que detrás de aquella ametralladora de sonidos se escondía un sujeto bondadoso y servicial, que lo mismo llevaba a las señoras la cesta del mercado que ayudaba a subir o bajar las bombonas de gas a los empleados del butano. Es cierto que O Chino provocaba, de vez en cuando, la irritación de los más intolerantes, pues, pese a su gran afición al balompié, no logró entender nunca las reglas del asunto y se empeñaba en aplaudir como un poseso siempre que marcaba gol el equipo visitante, pensando -pobriño- que ello favorecía a los locales. Durante años O Chino (pues así terminó llamándole cariñosamente todo el mundo) se mostró incapaz de articular ni una sola palabra que no fuera en mandarín, del mismo modo que ninguno de nosotros se atrevió ni de lejos a intentar comprender un lenguaje que a todos nos parecía endiablado. Hasta que un día de Nochebuena el perro de El Pintor obró el milagro. El perro de El Pintor , hay que aclararlo, era un perro de colores. O más exactamente, un perro que, según el día, cambiaba de color. Cambios, es verdad, que nada tenían que ver con una disposición genética especial sino con el hecho simple de que el can vivía entre barricas de anilinas. El perro cambiaba, así, por el gusto de cambiar y de verse hoy azul y mañana colorado, pero con el tiempo adquirió un hábito sagrado: el de embadurnarse, para celebrar la Navidad, con los colores de la bandera portuguesa, país, al parecer, del que procedía el animal. Fue precisamente el ver al perro de El Pintor de rojo y verde año tras año en cuanto se acercaban las fiestas navideñas la chispa que hizo comprender por primera vez a nuestro queridísimo oriental la relación existente entre un acontecimiento y una frase. Desde entonces, O Chino comenzó a responder «feliz Navidad» en mandarín ( Sheng Tan Kuai Loh) a las felicitaciones de Pascua en español, demostrando una vez más que la esencia de la Navidad no es otra, al fin, que la de que se entiendan las gentes y sus pueblos. En el mío todo el mundo dice desde entonces que habla chino. Lo que es verdad... en cierto modo.